30 sept. 2003

Ahora que celebran el centenario de tu nacimiento, camarada Alberti, me asomo a La arboleda perdida de tu infancia, en ese Puerto de Santamaría que cantaste en tus poemas con voz de alondra y que, al regreso del exilio en el que engordaste fama, apenas se parecía a tus recuerdos. En las páginas de tu primera memoria, con una prosa en ocasiones de mejor calidad que las rimas de tus versos -a veces infantiles, a veces inefables–, dibujas con palabras que saben a salitre, a yodo, a brea, a alga pútrida la irrealidad de tus primeros años, en los que caricaturizaste una sociedad de buenos y malos, donde los buenos -cómo no, camarada–, eran los libertarios, aquellos que se salían del pentagrama de lo correcto y se gozaban en pecados públicos; y los malos, los que reciben los salivazos de tu intransigencia literaria, eran los que preferían sujetarse a las normas, las tías que se ovillaban en la oscuridad de la iglesia de San Francisco, encorsetadas por rosarios y mandamientos, los jesuitas del colegio, a los que atas burdas caretas depravadas o bobaliconas (¿por qué es imposible encontrar, aunque sólo sea de refilón, un jesuita amable en la buena literatura de los primeros treinta años del siglo XX?), y los ricos jerezanos, portuenses, madrileños..., los ricos vinieran de donde viniesen, porque nada hay más insultante y feroz que un rico.

Hiciste de la política, maldita política revolucionaria que mezcló sangre y palabras, ayes y versos puros, tinta de tu pluma, prostituyendo el canto libre de los poetas con las monedas de cobre de un partido que, setenta años después, analizamos con la curiosidad que despiertan las notas discordantes en el tráfago de la Historia.Si describes con magia la primera vez que te estremeciste ante palabras tan sonoras y bellas como naranjel, aguarrás, bahía, azul..., ¿qué oscura maniobra te hizo sucumbir para trocar la lira por el panfleto? Tenías la gracia para convertirte en poeta de un pueblo, pero preferiste los consuelos del momento, esa rutina de mitin, incluso de guerra, que es la peor enemiga de los artistas. Los que estudian el comportamiento humano, aseguran que en la infancia se tejen los nudos que traban la madurez. En tu caso, el nudo lo formó el resentimiento, que confiesas a los treinta y pocos años, vencido ya, en el exilio del París bombardeado y del Buenos Aires generoso con los españoles vencidos. De chico te corroía la envidia hasta desgranarte el odio al contemplar a tus primos paseando en coche de caballos por la vereda que sube a Jeréz, mientras los Alberti, familia venida a menos, ni siquiera se podían consolar con un burrito al que enjaezar con bocado de borlones de lana y serón de pita.

Tenías lucidez, quién lo duda, para firmar obras de teatro, versos, colecciones de poemas, mas hay quien piensa, sin pasión, que Rafael Alberti consumó su carrera en Marinero en Tierra, que todo lo que vino después ya no era puro, por estar mancillado por el resentimiento con el que han hecho carrera los que antepusieron el comunismo, el yugo de unas ideas muertas, al don creador. Te quedó, eso sí, el consuelo de los juglares, que en la agonía del dictador y el advenimiento de las libertades hicieron uso de tus palomas, del galope de tus caballos, de tus idas y venidas a Granada, hasta que el público logró aprenderlas, y corearlas, y hacerlas suyas al igual que se apropiaron del eslogan de un partido. A tu favor, desde tus cantos el pueblo no ha vuelto a corear un verso. Sin proponértelo eres, en tu centenario, el último poeta vivo del parnaso de los muertos, pues ni de Valente, ni de Gil de Biedma, ni de Hierro puede casi nadie recordar una estrofa.

Las espirales de tus dibujos, las aletas de tiburón con las que circundas los toros de tus carteles, los rojos exaltados y los negros azabaches de tus litografías, camarada, las grafías mágicas y surrealistas, son ahora asunto de mercadeo, quién diría. Todo está cosido a su copy right, hasta tu firma de aristas y arabescos. Por una copia de tus poemas a colores, veinte euros. Por una fotografía junto a Pasionaria, veinte euros. Por el linóleo de tu puño venteado junto al de los camaradas..., por ese puño de marinero..., veinte euros. El dinero es la rúbrica de tu ideología, camarada Alberti, aunque los golpes de derecho de autor acaben con la memoria del pueblo sobre el vuelo de tus palomas equivocadas.
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