5 sept. 2003

La carretera se me encapricha como la lengua burlona de un gigante de feria, todo cartón, presta a deglutirme. Sus fauces las componen esos arrabales de fábricas y almacenes y los terrenos allanados donde levantarán una nueva ciudad dormitorio, dos mil quinientos edificios de tres alturas y pista de padel tenis, ya que el hombre urbano ha cambiado las antañas colmenas donde se apretujaron los emigrantes de Andalucía y Extremadura por un salón comedor con vistas a la piscina.

Como cada septiembre, la ciudad se me antoja un Gargantúa, un devoraniños, monstruo antropófago que se embucha la paz de los veraneantes. Al llegar a la circunvalación que cimbrea el estómago amorfo de la capital, tengo la sensación de que el descanso se ha evaporado, como si con un chasquido de dedos de este monumental ogro de humo y cemento, se congelaran en papel de fotografía las risas placenteras a la orilla del mar, aquella espuma crepitadora y salobre, el aroma de las algas, la arena endurecida de las mareas bajas, el vuelo a contraviento de gaviotas y cormoranes, las canciones que entonamos a pleno pulmón acompañados por el rompiente del océano... Agosto aparenta algo tan irreal como un duermevela sobre proyectos, facturas, nuevas estrategias, compras, ventas y el zumbido odioso de los teléfonos móviles.

Al encender esta mañana el ordenador, sobre la pantalla que iba tornándose luminosa y blanquecina se estampaba la imagen de mis hijos que vuelven con una carga de saltamontes, los cielos montaraces que se tornan zaínos, las flores que estallan en mil colores de fuego fatuo, un insecto zumbón que se cuela a través de la ventana... Sobre la mesa se apilan los periódicos de agosto, que acumulan un empacho de noticias que ahora sólo son el papel mojado de un mes en el que, los que incordian al mundo no han tenido la gentileza de descansar.Mientras reviso la correspondencia, ninguneado por este marasmo de cinco millones de conciudadanos, añoro los paseos por la aldea, aquel constante alzar la mano a un vecino y a otro, pues incluso quienes no me conocían no albergaron duda de mi identidad: la de uno de tantos veraneantes que se esfuerza por vencer el mal cartel de quienes sólo rellenamos los paisajes solitarios durante el estío.

No me pesa reconocerme débil ante el curso laboral que ahora comienza, pues no luzco el ingenio de quien aguarda septiembre para fabricar un nuevo negocio. Sólo soy un pequeño escritor que se dobla bajo las luces de neón de su despacho. Ahora que la ciudad me pesa como rueda de molino, confieso que de poder elegir una banda sonora para mi vida, cambiaría el disco rallado y ruidoso de estas largas avenidas por una música sutil, despaciosa, casi imperceptible, como la flautada del sapo nocturno.

Durante estas semanas, en las que doy pábulo a la melancolía antes de que la vida me inyecte el elixir de la realidad desapasionada, suspiro por el tiempo que he pasado lejos de este laberinto de ladrillo, durante el que he tenido ocasión de preguntarme, una y otra vez, por el extraño motivo que nos empuja a vivir condenados a la prisa, víctimas del anonimato de las aglomeraciones. La sociedad del bienestar no es más que un espejismo, pues tan solo nos permite regresar de año en año a los lugares en los que, con el ordenado compás de los días, resulta más fácil apreciar el maravilloso regalo de estar vivo.
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