25 mar. 2004

Las cadenas de radio transmitían un directo estremecedor: humo, cristales rotos y calles cortadas; los vagones abiertos en canal; policías, bomberos y auxiliares médicos a la carrera; cuerpos tendidos sobre los raíles, en las plataformas de la estación, en cualquier rincón; rostros ensangrentados, aturdimiento, lágrimas y la siembra de restos humanos entre los cantos manchados del aceite. Zumbaban las sirenas, negro presagio, ante nuevos avisos de bomba, al tiempo que las ambulancias y los coches celulares emprendían un angustioso viaje al hospital en el que quedara un quirófano disponible. Por todos los rincones, una cámara era testigo de aquel cataclismo, para que la tierra entera contemplara la síntesis de la maldad y, al mismo tiempo, nuestra capacidad para el bien, extraño contrasentido el de aquella fraternidad del 11—M, que se sobrepuso al matadero del Pozo, de Santa Eugenia y de Atocha.

La cifra de las víctimas mortales iba creciendo a velocidad de vértigo: cuarenta, sesenta, ochenta y cinco, ciento diez, doscientos... ¿Y los heridos? Se contaban por centenares. Los móviles e internet fueron altavoz para la presurosa petición de sangre y también para rogar que ya no acudiera más gente a donarla. Habían dado comienzo las manifestaciones de repulsa y de tristeza. Quienes habían resultado indemnes, deseaban colaborar. ¿Qué se precisaba? Mantas para cubrir a los heridos que aún permanecen entre las agujas del tren; gente equilibrada que acompañe y consuele a las familias que van de una clínica a otra en busca de la sentencia definitiva; curas dispuestos a dar el empujón final al alma rota hacia el descanso del cielo; taxis para trasladar a los afectados en este inmenso Madrid; habitaciones donde alojar a quienes han perdido el rumbo... Aunque parezca mentira, los corazones dieron un vuelco en el imperio del egoísmo y la suficiencia: no hubo un solo herido que no fuera arropado por una manta y por unos brazos amigos hasta la llegada de los refuerzos médicos, una sola familia que no encontrase a diez, veinte, cincuenta voluntarios dispuestos a escuchar su repentino vacío. Entre el amasijo de hierros candentes, los curas impartían a los moribundos la última bendición, y corrían en tropel hacia las morgues. Los taxistas, oficio tan definitorio del carácter de la urbe, ofrecieron sus coches para tantas carreras gratuitas como fuesen necesarias, desde Vallecas al Gregorio Marañón, de Santa Eugenia a los pabellones de IFEMA, improvisado velatorio. Y los hoteles del paseo de Recoletos que presidían aquella mañana de sufrimiento en carne viva, pusieron a disposición sus habitaciones para confortar a todo el que precisara descanso.Si a las ocho y media de la mañana creíamos que se había desatado un ensayo del final del mundo, a las tres de la tarde ya nos habíamos convencido de que en Madrid, a pesar del estupor, se condensaban las mejores acciones de las que el hombre es capaz. Frente al mal que sobrecoge, abyecto y sin motivo, los habitantes de esta ciudad universal respondían con una generosidad sin límites. En las estaciones que habían sido anticipo del infierno, comenzaban a prenderse las primeras velas, que no son sólo homenaje a los que han muerto en el atentado terrorista, sino un guiño de esperanza y complicidad con los que aún se encuentran en estado crítico. Junto a muchas de aquellas candelas, descansa la estampa de una Virgen, de un Cristo o de un santo, aquellos en los que cada cual descarga sus anhelos, muestra de que se entrega a los demás hasta la flor de nuestras creencias. Frente al bosque luminoso y mudo, los viajeros se detienen a musitar una oración, a escribir un mensaje, a llorar la sombra de quien ya nunca estará de regreso.

Los asesinos, cobardes, aprovecharon su anonimato y la rutina de un día laboral cualquiera, para colocar las mochilas leviatánicas. En el tráfago de la mañana, entre transbordos y prisas por llegar cada cual a su obligación, quién podía sospechar que aquellos vagones, llenos de gente corriente, iban a reventar en muerte y terror. Un muchacho del Ecuador enviaba, entre el traqueteo de la máquina, un mensaje de móvil con cariño para su hermana, que había tomado un tren con rumbo hacia otro extremo de Madrid; sesteaba un estudiante, con el sueño en los planes del largo fin de semana de San José; una joven rumana hacía cálculos sobre el dinero que aún precisaba para traerse, desde la fría Europa , a su racimo de hijos; se distraía un funcionario con las noticias radiofónicas del próximo final de la Copa; un zagal tarareaba, de pié junto al ventanal de la puerta, el último éxito musical; suspiraba la pareja de novios por ese mañana, cada vez más cercano, en el que darían comienzo a una vida juntos; componía una madre, en su cabeza generosa, el menú para el sábado y el domingo; contemplaba un niño, asombrado, el mágico universo del ferrocarril de cercanías. Y entonces las cadenas de radio comenzaron a transmitir un directo estremecedor: humo, cristales rotos y calles cortadas; los vagones abiertos en canal.
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