12 mar. 2004

Quién podrá olvidar este 11 de marzo. Todos recordaremos cómo y dónde nos enteramos de la noticia. Muchos tenemos gente muy querida entre los asesinados y los heridos. Tardaremos días en que se desanude nuestro estómago, en que podamos enfrentarnos con distancia a este horror sin justificantes. En Madrid, una ola de solidaridad, de compromiso, de apoyo, de unanimidad, de oración, de lágrimas, baña las calles mudas. Y en toda España -¡toda!- la gente se convierte en un solo hombre. Son momentos delicados, muy delicados, a los que nadie debe sacar provecho. La memoria de nuestros muertos merece un golpe de mano, un punto y final al terrorismo, en el que la impunidad de quienes matan y justifican a los asesinos, o de los que se aprovechan de una estrategia equívoca y vil para favorecer sus políticas excluyentes, pase al baúl de los peores recuerdos de nuestra historia. Es momento de desterrar de sus taifas a los allatoyhas de la disgregación, la diferenciación, la exclusión y la discriminación, pues se aprovechan de los beneficios de esta democracia de la que reniegan, para maquinar intrigas de odio y enfrentamiento. Madrid, tus muertos exigen una nueva España, sin componendas, en la que quepan todos, porque en las manos de todos está la construcción de un mismo proyecto, gobierne quien gobierne. El compromiso por la paz, una paz que nos involucra uno a uno (en nuestra conducta privada, en nuestra actividad social), es el mejor camino. Y el único.
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