11 abr. 2004

Veinte siglos después, el arte sigue interpretando su paso por el mundo, el misterio de su doble naturaleza, el don de sus gestos y palabras, como si Jesús, el hijo de María, pudiera seguir siendo observado desde nuevos ángulos, como si su plasticidad no se cuarteara, como si su temporalidad –Dios hecho hombre en un momento concreto y lejano de la Historia– se amoldara a todos los tiempos, también a los nuestros, venciendo el desgaste de los siglos, polvo que neutraliza al resto de personajes que llenan los volúmenes de las enciclopedias. Cuando los poderosos intentan ocultar su nombre, éste borbota en la clandestinidad aún con más fuerza. Cuando los sistemas económicos, el bienestar o la pobreza, cuando la relajación de las costumbres apuntillan su mensaje, surgen aquí y allá personas resueltas a vivir sus enseñanzas con mayor compromiso, hasta el punto de que en estos decenios de claroscuros, los santos brillan con un fulgor nuevo e inesperado que hace correr, de boca en boca, aquel nombre como el primer día: Jesús, Cristo, Jesucristo, alfa y omega, principio y final, Señor y Juez de todo lo creado, torrentera de amor que redime al mundo.

¿Quién es Jesús de Nazaret? Sobre esta pregunta gravita el destino de la humanidad desde que un grupo de iletrados, provenientes de un país remoto, viera sucumbir el mundo antiguo. ¿Quién es Jesucristo? Esta misma cuestión vertebra la posible trascendencia de nuestra vida. Las dos biografías de sus testigos oculares (san Mateo y san Juan) y las dos de quienes escucharon la prédica de los primeros cristianos (san Marcos y san Lucas), nos ayudan a desentrañar parte de la respuesta. Jesús de Nazaret, que llegó al mundo de forma bellísima y misteriosa, que vivió treinta años oculto en los quehaceres de un taller de aldea, dedicó los tres últimos de su vida a predicar un mensaje sorprendente que redime al hombre de su culpa –de su infelicidad– y le hace digno heredero de la misericordia de Dios. Los evangelios, desde sus primeros versículos, se refieren a la brutal pasión y muerte del Nazareno como el cúlmen de su misión, un túnel inexcusable, aborrecido desde su corazón de hombre, anhelado desde su condición divina, con el que iba a reconciliar al género humano con el Padre. Gracias a la cruz, la muerte –amarga metáfora del pecado– ya no tiene la última palabra. Gracias a su inmolación, tenemos asegurada la dicha incorruptible después de superar las pruebas de esta vida efímera y limitada.Los evangelios y buena parte de los textos piadosos que sobre Jesús llenan los anaqueles, se detienen con procelosidad en su prédica, muerte y resurrección, por lo que Cristo, de alguna manera, ha perdido parte de su atractivo humano. Muchos tienen de él una imagen hierática, la de un joven que llenaba los días con sentencias de libro, que utilizaba al hablar un lenguaje mayestático y dedicaba las horas a sanar dolencias extrañas mientras en su cabeza zumbaba el augurio de sus últimas horas sobre el Gólgota. Deberíamos tener presente, tal y como defendieron los concilios de la primera cristiandad, que Jesús fue verdadero hombre y verdadero Dios, con perfección absoluta en sus dos naturalezas.

Como verdadero hombre, estuvo sujeto a las limitaciones de nuestra condición. De niño no hacía pajarillos de barro a los que insuflaba la vida con el aliento, ni de joven ordenaba a las herramientas del taller de José que fabricaran solas los muebles mientras él se dedicaba a la contemplación, como poéticamente relatan los apócrifos. Jesús se cansaba con aquel trabajo manual que en ocasiones le resultaba monótono, como nos sucede al resto de los mortales. Fue consciente de su naturaleza divina al tiempo que fue creciendo, y sentía hambre y sed, calor y frío, la necesidad de tener amigos y de distraerse junto a ellos los sábados (tal vez fuera aficionado a la pesca, a algún deporte, a cazar conejos con lazo...) Había alimentos que le gustaban y otros que no. Se constipaba, le dolían las muelas, sufrió sarpullidos y vivió, como un adolescente cualquiera, la llegada del acné. Eso sí, como hombre perfecto que era, su personalidad resultaba cautivadora. Pocos tan simpáticos, ni tan alegres y serviciales. De la carpintería brotaban sus cantos –a lo mejor, desafinados–, mientras pulía los tablones. Se esforzaba por encontrarle a cada día su chispa, por sacar lo mejor de sus vecinos de aldea. Las madres de Nazaret lo sentirían como a uno más de la familia, pero no porque les adivinara el futuro o multiplicara el pan del horno (lo que, sin duda, nunca estuvo en sus planes), sino por su conversación distraída y esos detalles que lo hacían tan especial. En Jesús se transparentaban las virtudes de José –hombre laborioso, callado, sincero– y las de María –generosa, divertida, prudente–, de quien había heredado el parecido físico.

Este es el Cristo que enamora, aquel por el que merece la pena jugarse la fama. Al considerar los retazos de su vida oculta –cuando su naturaleza divina parecía aletargada–, se comprenden mejor cada una de sus palabras y de sus gestos durante la vida pública. Si somos capaces de hacer de Jesús invitado de nuestra casa, confidente de nuestros secretos, sentiremos la pasión con dolor punzante y viviremos su resurrección como el principio feliz de la verdadera Historia.

Hace años, en el húmedo Bombay conocí a un jesuita abrasado por las fiebres. En su habitación había colgado una lámina con el rostro de un divertido Popeye de carne y hueso que, por su mueca, invitaba a la sonrisa. <<¿Por qué tienes esa fotografía?>>, le pregunté. <<Para acordarme de Dios>>. Me sorprendió aquella industria para la presencia divina, así que le pedí que me aclarara la relación entre el marinero de opereta y los misterios del cielo. <<Así es como me lo imagino>>, me advirtió, <<un ser divertido y cercano, que cuando me muera me provoque una carcajada.>> Siempre he creído que en el singular argumento de aquel misionero anida una verdad teológica. Que Dios es un padre amoroso y divertido, y que Jesús, como buen hijo, refleja aquellos rasgos.
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