24 sept. 2004

A pesar de que he viajado mucho, tengo dudas de que me guste ser un trotamundos. Disfruto conociendo lugares nuevos, porque conocer equivale a comprender, a profundizar, a reconocerse en los paisajes y en la gente. Por esta razón aborrezco el turismo moderno, ese ir y venir cámara en ristre, cual si fuera una ortopedia, retratando monumentos por la simple vanidad de coleccionar destinos o la de presumir ante nuestras amistades. Me identifico con el viajero que retorna a aquellos lugares en los que amó la vida, como en la canción argentina, y no con quien va sumando nuevas rutas.

La pasada primavera fui invitado a dar una conferencia en Granada, y alargué unas horas mi visita para pasear por la Alhambra. Al llegar a la fortaleza, que la noche anterior contemplé iluminada desde los cármenes del Albaicín, me confundió el tumulto. Pensé que habían convertido el monumento en un parque de atracciones, y que de un momento a otro aparecería un gitano del Sacromonte disfrazado del moro Muza para deleitar a los turistas que habían llegado desde todos los rincones del planeta.

La Alhambra no me decepcionó. Cómo no sucumbir a los patios del palacio nazarí, con sus medias bóvedas como panales de abeja coloreados de añil. Cuando las voces de los estudiantes en viaje de fin de curso lo permitían, disfruté del rumor cantarino del dédalo de fuentes, así como del piar de los gorriones que anidan en los jeroglíficos de yeso, del chillido gozoso de las golondrinas que arañan la altura, de la flauta de los mirlos corretones, del croar de las ranas en los estanques en los que se reflejan las gráciles columnas y los tejados moros, como en un cuadro de Rusiñol.La visita a la Alhambra precisa silencio para captar los ecos de sus moradores originarios, o el de los soldados que la conquistaron, mas el hormiguero de turistas festejaba a risotadas los chistes de los guías, y sobaban los yesos antiquísimos con el placer de violar las prohibiciones de los letreros. En el patio de los leones la horda disfrazada de vendedores de salchichas se abalanzó con sus cámaras sobre las estatuas gastadas. Crepitaban los flashes, se repetía el “colócate más a la derecha. No, ahí no, que me tapas al bicho ”. Me escabullí a los jardines, también míticos, donde esperaba caminar tranquilo, ajeno al mugir de aquel ganado.

Bajo los castaños tomé una bocanada de frescor. La luz de las glicinias, entre gris y morada, me reconcilió con el lugar. Aspiré el aroma humilde de los setos de boj y me hice ilusiones de festejar aquel día, hasta que sorprendí a un turista sobre los parterres, resquebrajando la tierra blanda con las sandalias que dejaban respirar sus callos y durezas. Arrancó una flor de raíz, con la que completar su manual del completo insensible. Unos pasos más adelante, unos niños aburridos con la visita cultural lanzaban piedras a las carpas rojas de una cisterna. Alguien me tocó el hombro; eran dos enamorados, que me tendían su cámara para que les plasmara en un momento de arrebato sentimental bajo las paredes ocres.

El azahar que perfuma el aire podría haber sedado a esta nueva horda de invasores, mas la música de los cedés , las bromas que perturbaban la paz de aquel lugar sagrado, las bolsas de patatas fritas y hasta las botellas de agua abandonadas junto a las palmeras aumentaban el afán demoledor de los turistas. Entonces comprendí que debía perderme por la loma de la fortificación, en el bosque de la Alhambra, que es un vergel encerrado entre la sierra y la llanura, el pulmón de Granada, un cáncer benigno que lanza al cielo árboles antiquísimos. Junto a las gitanas que venden romero y leen a los bárbaros la buenaventura, me detuve a contemplar aquellos muros con tantos siglos de historia.
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