25 sept. 2004

La radio fue la primera en anunciar la muerte del torero, desangrado tras la brutal cornada y una cura de urgencia en la enfermería de la plaza de toros de Pozoblanco, que carecía de medios. Por aquel entonces, Paquirri era un torero en retirada, líder del escalafón de matadores durante muchos años y figura referente desde que El Cordobés dejara los ruedos. Millonario, había cumplido todas sus aspiraciones profesionales y tenía previsto dedicarse, en un plazo breve, al campo y a su familia, en esa segunda oportunidad que le brindó Isabel Pantoja. Era ídolo, por su arrojo y verdad, en plazas tan importantes como Sevilla, Valencia o Bilbao. Sin embargo, los intransigentes cuestionaban su facilidad para entender y poder a los toros, como bien reflejó la plaza de las Ventas en su encerrona en solitario, que debió ser su mayor gesta y quedó en un trago amargo a juzgar por los tendidos medio vacíos. Confiaba Paquirri en la respuesta de Madrid después de sus repetidos éxitos, pero dos horas después regresó cabizbajo por la puerta de cuadrillas, con una solitaria oreja en el esportón.

Su muerte conmocionó España. Desde Manolete, no había caído en los ruedos un torero con tanto cartel. Además, el azar quiso que un cámara grabara aquel trance en la enfermería destartalada. Con grandeza, Paquirri calmaba a los médicos, que apenas tenían material quirúrgico para operarle. Un banderillero apretaba su muslo, que se desangraba, mientras el matador pedía un poco de agua para enjuagarse la boca reseca de muerte. Había gritos, empujones, pero sus ojos verdes no se alteraron. Parecían asumir su fatal destino para un torero de corazón, para un hombre vital y de bien, de mucho bien, como me confían aquellos que le trataron.La fiesta viró de rumbo después de esa tarde: el público valoró otra vez el riesgo del toreo, esa lucha titánica sin trampa ni cartón, ese arte fugaz. Y como si de un puntal del destino se tratara, al año cayó muerto Yiyo, que toreaba como los ángeles y compartió con Paquirri el cartel maldito de Pozoblanco.

Aunque fue figura incontestable, la vida profesional de Paquirri coincidió con una crisis social y artística que también salpicó a las plazas de toros. La calidad de los matadores que le antecedieron –basta citar a su suegro, Antonio Ordóñez, a Bienvenida, a Camino o al Viti– ensombreció su buen oficio y hasta el arrojo con el que tantas tardes se arrodillaba frente al portón de toriles. Sus largas cambiadas, las chicuelinas, los pares de banderillas de poder a poder, sus derechazos y naturales, aquellos soberbios volapiés..., estaban condicionados por la huella del toreo puro del rondeño o la sabiduría plástica del de Camas. Además, desde el impacto ye–ye de Manuel Benítez, las corridas vivían la sospecha continua del fraude (toros chicos, afeitados, drogados en algunos casos). Sólo la muerte aguerrida de Paquirri, resucitó el mito del toreo y convirtió a sus coetáneos –Niño de la Capea, Manzanares, Julio Robles y hasta el mismísimo Espartaco, destinatario de su testigo– en héroes del pueblo.

Mucho me hicieron meditar las imágenes de la enfermería de aquel pueblo de la serranía de Córdoba. Por entonces, yo era un chaval que había tenido la oportunidad de compartir unos minutos con Paquirri después de su última tarde en Bilbao. Le recuerdo en la cama del hotel Ercilla, cansado tras el esfuerzo sobre el ruedo mineral de Vistalegre, con los ojos chispeantes de intuición. Lo tenía todo: gloria, amor, salud y dinero. Pero semanas después le sobrevino la muerte.

En los ruedos le pervive Francisco, el mayor de sus tres vástagos, torero honrado pero sin la calidad incontestable de su abuelo Antonio, ni el encanto personal de su tío Luis Miguel, ni la fortaleza, la verdad y el oficio de su padre. Después de veinte años, el toreo de Paquirri se nos desdibuja en la memoria, quizás por el ruido vacío de la prensa del corazón, quizás por el injusto silencio del planeta de los toros, que aún no se ha esforzado en inmortalizar las tardes de gloria de aquel hombre humilde que nació en un pueblo de pescadores y no tuvo poeta que le cantara una elegía.
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