23 oct. 2004

Por más que Bernart Soria y compañía traten de vender sus investigaciones bajo el manto de una buena causa en la que prima el interés del hombre, la comunidad científica está dividida sobre la consideración que debe darse al embrión. Muchos sostienen que se trata de uno de los primeros estadios de la vida humana y que, por tanto, merece todos los respetos y protecciones. Otros niegan su estatuto humano para tratarlo como objeto de experimentación. Ante semejante distanciamiento por parte de los expertos, debería prevalecer la precaución que dicta la duda: como estamos hablando del génesis de la vida, hasta que no se unifiquen posiciones no deberíamos jugar con nuestra capacidad de crearlo y manipularlo.

La liberalidad con la que algunos actúan en estas cuestiones, genera no pocos problemas en los países que practican la fecundación in vitro. En España almacenamos más de treinta mil embriones sin destino cierto. La Ley exige su descongelación pasados cinco años desde que se “fabricaron”, y con ella su muerte segura. Pero en breve tendremos una modificación que permitirá la investigación con fines terapéuticos sin contar, como viene siendo costumbre, con los necesarios dictámenes éticos en un asunto de contrastada complejidad.Una clínica de Barcelona acaba de presentar una iniciativa que rompe el destino fatal de los embriones sobrantes. Además, da cumplimiento a las sugerencias de los científicos contrarios a la instrumentalización de los primeros compases de la vida. El Instituto Marqués dispone de mil setecientos embriones, cedidos por sus pacientes, que podrán ser adoptados por aquellas mujeres que deseen ser madres. Ya que son viables, ¿por qué dejarles morir? Aunque los médicos del Instituto no lo hayan manifestado, con esta propuesta los embriones criogenizados asumen el derecho a vivir que les confirió su creación en laboratorio, y rescata la duda de si se puede poner en una misma balanza la oportunidad de vivir con la de convertirse en cobaya microscópica.

Gracias a esta singular adopción, los congeladores tubulares pasan a ser un nuevo orfanato en donde las más de treinta mil mujeres españolas que desean ser madres, podrán cumplir sus anhelos al tiempo que prestan el mejor de los servicios sociales. El índice estimado de éxito en la implantación en el útero y el posterior embarazo ronda el cuarenta por ciento, cifra nada desdeñable al compararla con el calvario de quienes se enfrentan a un proceso de adopción en cualquier país pobre, ya que en el nuestro resulta prácticamente imposible.

El Instituto Marqués está convencido de que la propuesta será muy bien acogida por la sociedad. Son muchas las personas que desean tener un hijo, y muchas las que acogerán de buen grado esta oportunidad. ¿Por qué no dársela a quienes ya han sido concebidos y se les ha detenido su natural proceso de desarrollo? Sin duda, la clínica barcelonesa abre un nuevo e interesantísimo debate que debería beneficiar a los más de treinta mil embriones que Soria y sus colegas pretenden utilizar para sus juegos de laboratorio.
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