4 oct. 2004

Mi padre murió en casa, después de lo que los panegíricos llaman una “larga y cruel enfermedad”, al igual que mi madre, que también falleció en casa tras más de seis años echándole un pulso al cáncer. Los dos estaban enamorados de la vida. Sin embargo, aceptaron el desenlace y sufrieron con enorme dignidad, que es lo que hace que el hombre trascienda el dolor. No hubo etapa de su cruel proceso en el que perdieran un ápice de su condición de hombre, de mujer (de padre, de madre), incluso cuando ya no les regía la conciencia y necesitaban en todo momento las manos de sus hijos. Cuando mi padre murió, hace casi veinte años, los cuidados paliativos apenas estaban esbozados. Cuando falleció mi madre (han pasado tres años), la medicina del dolor contribuyó a que su muerte resultara pacífica y esperanzada. Conozco personas muy cercanas que acarrean el lastre de una enfermedad vitalicia. Tal es el caso de José María de Moya, un sacerdote que vive atado a una silla de ruedas, sin poder mover nada más que sus ojos y su boca. He compartido también algunas tardes con Miguel, que en la adolescencia sufrió un accidente de moto y no ha vuelto a comunicarse con el mundo. Ni ante José María ni ante Miguel la vida pierde sentido. No son menos persona que yo, por más que no puedan correr, saltar o abrazar a un ser querido: José María expresa su voluntad de seguir adelante, a pesar de los pesares (físicamente se encuentra peor que Sampedro), e incluso se permite el lujo de ejercer su prédica desde internet. En el caso de Miguel, aún sin conocer cuál es su voluntad, a ninguno de los que le visitamos se nos escapa la fuerza de su dignidad, muy por encima de cualquier tentación de tirar la toalla. Porque la dignidad nos acompaña desde el mismo instante en el que nacemos, y esa dignidad nos hace diferente a los caballos, por poner un ejemplo, a los que se mata por piedad cuando se quedan cojos. Sería un error creer que existen circunstancias que justifican la eutanasia, salvo que concibamos nuestra especie con un utilitarismo materialista y descorazonado, que tan malos frutos dio en experimentos fascistas del siglo XX. La práctica de la eutanasia es un desprecio a la vida más frágil y necesitada. Por más que un buen director de cine conmocione al público con el callejón sin salida en el que metieron a Sampedro, la compasión no debe enturbiar un debate algo prostituido por quienes hicieron del marinero gallego una víctima famosa de sus tenebrosas reclamaciones.
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