19 dic. 2004

Era mi madre la que sugería sacar las cajas del altillo. Aunque faltaban unas semanas para Navidad, su propuesta nos despertaba la impaciencia por decorar la casa. En la papelería compraba cartulinas de colores, unas tijeras sin punta y un bote de cola, con el fin de que entretuviésemos las tardes del final de noviembre enhebrando cadenetas y recortando angelotes para las ventanas de nuestra habitación. Después arreglaba las cabezas tronzadas de los pastores del nacimiento, y nos pedía que eligiésemos un Rey Mago al que ir acercando al portal con nuestras buenas acciones. Días más tarde, nos ayudaba en el ceremonial de escribir a sus majestades de Oriente, misivas repletas de sueños y disparates –en una ocasión, abusando de su omnipotencia, les pedí un chimpancé– que ella se encargaba de echar al buzón y cuyo contenido casi nunca se correspondía con los regalos que nos llegaban el seis de enero, por más que aquellas chucherías que adornaban los zapatos colmarán todas nuestras aspiraciones.

La Navidad está ligada a la presencia de mi madre y a la de otras mujeres que convertían y convierten estas fechas en un oasis de paz, en una reconciliación con la vida y una llamada cierta a la esperanza. No comparto la mayor de quienes identifican las fiestas con tristeza y ausencias. Es cierto que en las reuniones familiares reparamos en quienes ya no se sientan a la mesa, pero no es menos verdad que hay sillas dispuestas para los recién llegados (hijos, nietos, sobrinos, yernos, nueras...) Mientras haya una mujer dispuesta a celebrarla, la Navidad seguirá siendo ese faro que da luz al resto de los meses.Mi abuela materna aprovecha la excusa de Nochevieja para sacar de un baúl lo que queda de los viejos disfraces, y nos coloca un sombrero de chirigota a cada uno de los que vamos a su casa a comer las uvas. Hace unos años Rosario vivía con ella. Rosario era una cocinera de las de antes: mal genio y corazón de oro. A los postres se llevaba una ovación cerrada por sus guisos, incluso cuando ya estaba demasiado mayor para andar entre fogones.

En casa de mi abuela paterna había un regalo para cada uno de sus catorce hijos, de sus trece hijos políticos, de sus ochenta y ocho nietos y de sus más de cuarenta biznietos. Aquello sí que era la suma de la delicadeza y el detalle, pues llevaba en la cabeza los gustos de cada uno de los miembros de tan inmensa familia.

Aunque las mujeres ahora tienen menos tiempo que mis abuelas, no escatiman esfuerzos para celebrar los misterios que suceden entre la noche del veinticuatro de diciembre y la mañana del seis de enero, prueba de que estas fiestas tienen que ver con la anchura del corazón de sus protagonistas. Para que nadie se quede sin regalo, hay mujeres que hacen horas extras de almacén después de la oficina, con una lista bien trabajada sobre los gustos y aficiones de la gente a la que quieren.

Por mediación de las mujeres, la Navidad sigue representando fantasía. Si algún día se declararan en huelga de celebraciones y dejaran la Navidad en manos de los hombres, me temo que estas fiestas no pasarían de la prosaica lotería y el buen vino.
Categories:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Subscribe to RSS Feed