5 feb. 2005

Mis hijos lo saben: papá no puede comer chocolate. Y no sólo chocolate, tampoco galletas, bizcocho ni dar un mordisco espontáneo al bocadillo que les prepara mamá, bien cargado de nocilla o embutidos que hasta ahora papá nunca había considerado como maravillosos ejes de la cultura culinaria del picoteo.

Papá se debe contentar con un desayuno liviano, manzana a las doce, verduras hervidas y filete a la plancha a la hora del almuerzo, zanahoria cruda a media tarde y frugal cena de caldito y tortilla. De cerveza y refrescos, nada. Es la sentencia, la condena a un triste régimen hasta que desaparezcan estos ocho kilos que he ido regalando a mi fisonomía desde el mismo instante en el que nos casamos. Y todo porque a papá ya no le atan los pantalones.Mi mujer lleva los dineros de casa. Con sano juicio, ha decidido que la dieta es más económica que el cambio de mi armario. Además, no está dispuesta a soportar desde tan temprano esta metamorfosis de su príncipe azul en caballero de panza redonda, por lo que no me cabe más remedio que cerrar el pico y encontrar una causa elevada por la que ofrecer el sufrimiento de ver comer a mis hijos y hasta rehusar de esos manjares que su tierno paladar aún no aprecia.

Vivo esta situación de carestía con la mayor dignidad posible, soñando con el día en el que la báscula me dé permiso para alegrar la verdura con alguna otra variedad. Eso sí, para evitar tentaciones, ahora no soy yo quien baja a por el pan, ni quien se detiene frente a los escaparates de las pastelerías. Comprendo que el verano no se encuentra tan lejos como aparentan estos fríos invernales y aún tengo derecho a sentirme un padre joven que corre con sus hijos por la orilla y construye castillos de arena sin que la tripa se doble en humillantes almohadillas.

Al menos, esta es la teoría, porque cuando les ayudo a cenar, mi mano no aguanta la tentación y se lleva una cucharada de macarrones a la boca o remata, incluso, el insípido biberón de la pequeña cuando ésta se muestra abotargada de tanta y tan rica leche. Es mi debilidad.
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