23 jul. 2005

Las estrellas, en cualquier género del arte, parecen situadas por encima del bien y del mal, como si estuviesen tocadas de cierta magia que las mantuviera ajenas a nuestro correr de un lado a otro (la familia, las vacaciones, la letra que vence…) Cuando un genio ha sabido mantenerse ajeno a la vacuidad de la vida –por muy duros que hubieran sido sus comienzos-, logra que el público sólo le juzgue por sus obras, que alcanzan de esta manera la inmortalidad. Charles Chaplin o Greta Garbo seguirán siendo las grandes estrellas del cine en blanco y negro por más que su vida privada (a la que vedaron el acceso a los extraños) pudiera dejar algo que desear. Lo mismo decimos del infatigable Pablo Ruiz Picasso, de la aparentemente frágil María Callas, de la inolvidable Coco Chanel… Son nombres que jalonan el siglo XX, tan rico en visionarios que cambiaron el rumbo del arte.

La subasta de los objetos íntimos de Marlon Brando, otro coloso del cine, me hace dudar de que en el siglo XXI podamos seguir creyendo en la magia de los elegidos. Es más, sospecho que el voluminoso actor –conocido su carácter huraño- no hubiese dado el visto bueno a este expolio de sus guiones, de los regalos que a lo largo de su vida le hicieron distintas celebridades, de las fotografías que decoraban la mesilla de su dormitorio. Del mismo modo, Jacqueline no habría autorizado aquel mercadillo de alto nivel en Nueva York con los recuerdos más íntimo de su vida junto a JFK.Las estrellas se vacían de tal manera en la realización de su destino artístico, que descuidan lo más importante de la vida: la familia. Sólo al final de su vida, cuando apenas se valen por sí mismos y sienten la lejanía del público, de las cámaras, de las entrevistas…, recurren a los suyos. Pero, ¿quién queda en un hogar regalado de caprichos en el que siempre faltó el tiempo y el cariño? Generalmente, ni el Tato. Así que no es de extrañar que los descendientes de Chaplin, ante la necesidad de dinero, escribieran sobre la cara más amarga del genial humorista o que los nietos de Picasso no dudasen en acusar a su abuelo de torturador psicológico al tiempo que hacían de su arte originalísimo un lucrativo producto para postales y camisetas.

La falta de amor no genera veneración alguna por parte de los hijos hacia los objetos que acompañaron el sino de una persona. En mi caso, que no soy fetichista y procuro desprenderme de aquello que pierde todo su sentido cuando la persona querida ya no está con nosotros, por nada del mundo me desprendería de la correspondencia de mis padres, ya fallecidos, o de las cartas que me escribió de novia la que hoy es mi mujer. Antes de traficar con esos atados de epístolas –por más que a nadie le interesen- los quemaría con santa paz. Por eso me produce tanta lástima cuando a una estrella se la vende a pedazos: su correspondencia personal, una cubertería, las sábanas de un ajuar, una colección de zapatos… Toda su grandeza queda reducida al precio que pueda alcanzar en Sotheby’s, ya que siempre hay un caprichoso, un mitómano, dispuesto a rascarse la cartera con tal de colgar de la pared de su casa la última poesía de amor entre Lennon y Yoko Ono o a guardar en una vitrina, para deslumbrar a sus visitas, la hebilla del cinturón de James Dean durante el rodaje de “Gigante”.

Frente a tanta mezquindad, me conmovieron las memorias de otro monstruo de la pintura, Balthus, que dos años antes de su fallecimiento mostró el interior de su alma en un librito que no tiene desperdicio. El no dejaba al mundo otro legado que el de sus cuadros y el de su silencio en las montañas de Suiza. Quería a su mujer y a sus hijos en un amor correspondido. Amaba a sus perros y a sus gatos. Amaba la sencillez de quien no se deja aprisionar por la tiranía de la fama, de quien no permitió que pasara una sola jornada sin estar cerca de los suyos.
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