18 mar. 2006

Cuando la oferta televisiva languidece, mi pantalla plana se copa con un buen DVD. El último, “Kramer contra Kramer”, que arrebató el Oscar a la mítica “Apocalipsis Now”. Y no es cuestión de discutir ahora sobre los méritos de Benton o de Coppola, pues si bien la estética de Dustin Hoffman y Meryl Streep se ha quedado anclada en el feísmo de los ochenta, y el drama bélico de tintes angustiosos inspirado en “El corazón en las tinieblas” resiste –sobre todo para sus miles de seguidores- el paso de los años, “Kramer contra Kramer” ejerce de profeta, en una nueva y sorprendente misión del cine, ante la terrible desbandada familiar de hoy en día, en la que los matrimonios se deshacen como cubitos de hielo en un bar del Sahara, y los hijos siguen pagando el pato de la inmadurez afectiva de sus progenitores A o B (el orden de los factores no altera el producto).

La sociedad del bienestar ha construido estos monstruos del desamor, como ninots de falla nacidos para la quema. Dan el “sí quiero” ante el altar o el juez de paz, convencidos de que la relación afectiva no es más que gustirrinín a dos. Y conciben al hijo y sueñan para él un futuro de nubes de algodón. Y si el hijo se resiste a venir, se lo inventan en cualquier laboratorio. Y dividen el dinero y las cuentas corrientes. Y lo mío es mío. Y lo tuyo es tuyo. Y llega el hijo, que pronto se convierte en un problema, en objeto volante (que se lanzan a la cara después del momento de gustirrinín). Y el trabajo, maldito trabajo en el que los dos retrasados emocionales quieren triunfar, porque para algo han invertido tanto en carreras, másteres, idiomas, viajes al extranjero..., por más que al hijo, ese deseo trasformado en realidad frustrante, se le deforma la cabeza ante la televisión, una niñera mecánica que le enseña a matar. Y entonces, como al matrimonio de “Kramer contra Kramer”, el amor les hace agua y ella decide, “por el bien del niño” (sic) hacer las maletas y largarse de casa durante quince meses, quince largos meses que emplea en encontrarse a sí misma mientras el hijo no encuentra a nadie por el apartamento familiar, aunque en ocasiones se topa con las amantes del padre, desnudas por el pasillo, pues eso es la infancia para muchos hijos de divorciados: un irse topando con las chiquillerías de sus progenitores.

Cuando subían los títulos de crédito, concluí que “Kramer contra Kramer” es el mejor alegato contra el divorcio.
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