4 mar. 2006

Con la violencia que otorga la autoridad mal ejercida, el gobierno ha manipulado de manera abusiva las cifras de los manifestantes del sábado 25. Con la violencia de quien mueve los hilos de los medios de comunicación públicos (de todos los españoles) a su antojo, ZP se dio un baño de multitudes cerca de Sevilla. Micrófono en mano, en un estrado de telepredicador y con un talante de violenta desvergüenza, no tuvo un segundo durante su discurso para homenajear a esas víctimas zarandeadas por el terrorismo y el despotismo de este gobierno accidental. Y utilizando, una vez más, la prostitución del lenguaje como violenta herramienta ideológica, habló de los violentos, que yo pensaba eran aquellos que en una noche de jarana rompen una farola o se lían a bofetadas en un bar, pero para nuestro presidente –dicho lo dicho en el mitin- son los que ponen bombas, asesinan a mujeres, ancianos y bebés o descerrajan una parabelum en nuca ajena. Si empezamos por rebajar el sustantivo que corresponde a los terroristas gracias a melifluas palabritas, terminaremos por acoger como demócrata ejemplar a personajes basura como Otegui, carne de cárcel que se pasea a sus anchas por los telediarios y vaya usted a saber qué conciliábulos oficiales. Violento fue Pérez Rubalcaba en la jornada de reflexión de las últimas generales, o el amigo Almodóvar denunciando un falso golpe de estado. Terroristas, asesinos, matarifes, miserables..., son los que pretenden sacarnos hasta las hijuelas a través de una negociación con este presidente que no quiere calificar con justicia a nuestros peores adversarios. Ante la sangre de los inocentes, eufemismos fuera.
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