29 abr. 2006

Bombillas y caireles, en eso se resume la Feria de Sevilla en los últimos minutos del Telediario o en los informativos de las otras cadenas, salvo algunos pildorazos de las televisiones asociadas a la Forta. Bombillas y caireles, farolillos de papel y tipismo en masa, jamón de la sierra onubense, finos y manzanillas, señoritos a caballo por la mañana y famosos de poca monta en aquellas casetas por las que asoma algún objetivo..., y nada más, como si una de las algarabías más sorprendentes del mundo no estuviese ligada a la Fiesta, a la Fiesta con mayúsculas en un escenario también mayúsculo: la Real Maestranza de Caballería, que abre su puerta del Príncipe a los vahos del Guadalquivir y en cuyo albero se reflejan los ecos de una media de Belmonte, de un recorte del sabio Joselito, de una pinturería de Chicuelo, de una verónica de Curro Puya, de un natural a pies juntos de cualquiera de los hermanos Vázquez, de un estatuario majestuoso de Manolete, de un kikiriquí de Curro Romero e, incluso, de la sangre de Montoliú tras un ajustado par de banderillas.

Los toros son el segundo espectáculo de masas en esta España dividida, un arte complejo, dramático y pasional que se interpreta con el mismo miedo entre el aroma a pinares de la Costa Brava que sobre el ruedo ferruginoso de Bilbao o el oloroso del Puerto de Santamaría. Mas para la televisión no existe, salvo que algún matador se exceda en sus ejercicios de entrepierna. Y eso que las corridas de toros congregan a varios millones de espectadores ante el monitor, atraídos por un ejercicio arcaico y bello, sangriento y misterioso que identifica a nuestro pueblo, ligado desde siempre al toro y al luto, al valor y al cloroformo.

La Real Maestranza que pisaran Pedro Romero y Pepe-Hillo, héroes goyescos, o la que pisan Morante de la Puebla y Enrique Ponce, contemporáneos de la carrera espacial, sólo provoca un mutis en la pequeña pantalla, vendida a las barraganas y a los chulos de esquina, que no necesitan traje de luces, muleta ni espada para salir en volandas por la puerta grande de la mezquindad.
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