23 jul. 2006

Dijo el Papa en Valencia, que la familia es reflejo del amor Trinitario. Esta singularidad la eleva sobre todas las instituciones humanas, por muy nobles que sean. Además Dios, que se hizo hombre en el seno de una familia, convirtió la familia en elemento redentor: los hombres se salvan en y desde ella.

Dándole vueltas a estas consideraciones, observo a mis hijos. Me hacen pensar en la responsabilidad magnífica de ser padre (¡de intentar ser un buen padre, aunque sólo logre un mal eco de esa paternidad divina!) y hacer de mi casa, junto a mi mujer, un anticipo del Cielo.

Parece mentira que de sus cuerpos menudos, de sus juegos, pueda surgir esta especie de teología de andar por casa. Es la grandeza de una sonrisa de dientes de leche, de un plato de verduras que siempre se acaba por perdonar. Jesús, que también fue niño, hizo de la infancia otro elemento redentor. Los pequeños, con su conciencia virgen son pinceladas divinas, tal vez las más puras que iluminan el mundo. Uno los contempla y parece entender un poquito mejor la belleza infinita de Dios, su sencillez inabarcable.Quienes le rechazan son capaces de todas las vilezas contra la infancia. Para los próximos cursos están diseñando una asignatura de nuevo cuño, Educación para la Ciudadanía, con la que les obligarán a aprender todas las modalidades de la perversión. Quieren que las gotas limpias de sus corazones se llenen de basura. Es la forma de cortarles las alas y llenarles los bolsillos de piedras para que no puedan volar, para que no puedan ser libres.
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