14 jul. 2006

Al finalizar la misa del pasado domingo ante el escenario fastuoso de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, concluí que la clausura del V Encuentro Mundial de las Familias por el Papa, había resultado un nuevo Pentecostés, en el que las palabras de Benedicto XVI habían sido entendidas por todos, cristianos y no cristianos, con indudable don de lenguas, confirmándonos a las familias en la atractiva misión de contribuir a cambiar el mundo en y desde nuestros hogares.

Sin duda, las vacaciones de verano serán un buen momento para releer los discursos y la homilía de este intenso fin de semana, que encierran muchos matices e invitan a la acción personal, inyectándonos una buena dosis de optimismo. Las cosas no están tan mal como pretenden convencernos los padres de estas leyes enloquecidas que han marcado la deriva del hombre moderno, ni como pregonan quienes sólo sienten miedo ante los interrogantes y las posibilidades de una sociedad cambiante. Hay mucha gente remangada que trabaja a favor de la libertad y la felicidad del ser humano, que sólo puede transcurrir bajo el amplio puente de la antropología cristiana. Por eso, ha llegado el tiempo de la familia, que es el tiempo del amor auténtico, del testimonio callado y perseverante, de la falta de temor hacia la vida que comienza o se termina, de la auténtica caridad, sobre todo hacia quienes no nos quieren. Nunca antes la gente corriente se había revestido de tanta responsabilidad, pues hemos recibido una misión de incalculables consecuencias. Ha llegado nuestro momento, y no podemos dejar que se nos escape el tren.
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