30 mar. 2007

Después de haberse hecho millonario gracias a las bondades del enemigo “fascista”, después de haber desfilado por las calles de Madrid todo endomingado con su camisa azul -el yugo y las flechas bordadas en la pechera-, después de haber encumbrado en los puestos de mando a los cachorros amamantados de la leche del franquismo, después de guillotinar a los liberales que fundaron El País con la esperanza de pilotar la España de la democracia, Jesús Polanco, enfermo, tal vez entonando el triste canto del cisne (un graznido destemplado y cargado de malicia, antes de volver a su colchón de agonías, relleno de millones), ha lanzado una advertencia falaz, miserable e insidiosa, que evoca aquellas arengas de Azaña, don Manuel, que se tradujeron en la sospecha de que los curas escondían armas bajo las sotanas y que terminaron como el rosario de la aurora, teñido de sangre inocente.

Mucho me malicio que el arranque de Polanco, aguijonazo del escorpión, no se debe al responsable sentido del deber de quien dirige un imperio de la comunicación que vela por la libertad de sus consumidores. Polanco no es el Simón Bolivar de los medios, la Manuela Malasaña de la prensa y el ocio. Polanco es el tío Gilito del ámbito editorial, un hombre capaz de casarse con quien sea con tal de seguir acumulando poder y dinero, incluso cuando su salud se quiebra como una hoja seca.Siento que la cercanía de la parca –de la que no se libra nadie, ni santos ni pecadores, amigo- no le haga reflexionar. En su vehemencia y su ausencia de escrúpulos, le creo capaz incluso de alentar esa guerra civil imaginaria con tal de seguir engordando la bolsa, el oro helado de su corona de rey.

Me apena imaginármelo las noches de los domingos, solo, frente a su pantalla plana, disfrutando de la programación de Localia, una de sus muchas teles, que emite desparrames eróticos y selva pornográfica, muy lucrativa. Es carnaza miserable, por más que las libertarias del feminismo le bailen el agua a don Jesús, casquería de mujeres, mesa vomitiva de disección sexual para todos los públicos. Y allí está Polanco, solo, muy solo, masticando su enfermedad, haciendo caja con su escuela de mirones, de obsesos, de enfermos, de seres patológicos. Bienvenido a su guerra, tan beneficiosa, Zalacaín el millonario.
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