22 jun. 2007

Mi pantalla plana se ha empachado de imágenes en blanco y negro, de revivals setenteros de una España en crisis (económica, social, política...), de las elegías a Adolfo Suárez –que aún está vivo, recuerdo- por parte de los que fueron sus rivales y hasta enemigos políticos, de dianas floreadas en voz de quienes dicen hicieron posible nuestra democracia. Aquellos años que hoy se cantan con acento de bardo cursi no fueron tan bonitos, ni en su estética de camisa marrón y pantalón de campana, ni en su inflación desastrosa que llevó a tantas familias a husmear el hambre, ni en su política que creó reinos de taifas en cada región y sembró la piel de toro de cientos y cientos de cadáveres con la firma de ETA, a los que casi nadie lloró.

Desde la distancia, desde la ventaja de haber sido un niño entonces, desde mi desapego político, no creo decir ninguna tontería al opinar que la Transición fue un proceso natural más que un acto de heroísmo por parte de un puñado de políticos profesionales. La prolongación de la dictablanda no tenía razón de ser en un mundo ya globalizado, como no la tenía el exilio de las viejas glorias comunistas o la clandestinidad de la pandilla sevillana de Suresnes.Hubo gestos de generosidad, sin duda, en todos los frentes, pero me abruma tanto sesentón con su batallita de aquellos años, de la que me creo la mitad de la mitad, lo siento, porque no cabía otra posibilidad en una España que conocía bien cómo duele una guerra entre hermanos. Aquí sobran los héroes, los adalides de la libertad que pronto se aburguesan gracias a las fortunas meteóricas que huelen a corrupción, los próceres que crearon esta sociedad posibilista capaz de encumbrar a un personaje de tercera regional como Zapatero, que es capaz de decirlo todo y no decir nada a la vez, según la escuela dialéctica de quienes se han llenado el pecho de medallas inventadas y olvidan al pueblo llano, a ti y a mí, que soportamos con santa paciencia este aburrido y reiterativo discurso alejado de nuestra realidad.
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