29 jun. 2007

Jason Bourne es el rey de los antihéroes. Por extrañas circunstancias, pasa de perseguidor a perseguido. De cazador a pieza. Había sido entrenado para matar sin preguntar primero, pero toda la seguridad que otorga la maldad calculada, el frío interés, se le derrumba gracia a una amnesia. Ustedes han visto el comienzo de la trilogía: un cuerpo flota en el océano. Es Jason Bourne, agente secreto de la CIA para aquellas misiones que por su ilegalidad no existen en los papeles. Ha perdido la memoria: no sabe quién es. Ahí comienza el viaje más importante de su vida, el del descubrimiento de que el hombre no es un lobo para el hombre –tal como sustenta el moderno pesimismo occidental- sino el único ser que anhela el bien, la bondad, la felicidad. Jason Bourne, asesino a sueldo, precisa ese vacío mental para conocer que todos albergamos la necesidad de ser amados, reconocidos, por más que nuestra naturaleza torcida ponga más de una dificultad a los buenos propósitos.

Me encanta el personaje que Matt Damon interpreta en mi pantalla plana. De alguna manera me veo reflejado en él, con bastante menos musculatura y sin persecuciones en coche, soy consciente de que cualquiera podría ser Bourne, ya que todos estamos en camino de toparnos con nuestro mejor yo. Como Bourne buscamos un motivo por el que merezca la pena vivir. Muchas veces nos equivocamos al vaciar el saco de las esperanzas en algo ligero. Otras nos damos cuenta, como el agente, de que tenemos derecho a enmendar nuestras equivocaciones.Jason Bourne demuestra de forma lúdica que cuanto más grave ha sido el error y más sincero es el arrepentimiento, más se agiganta nuestro propio ser. Por eso me gustan los antihéroes, a los que las cosas no les salen al primer intento y a veces ni siquiera después de proponérselo diez y hasta quince veces. La vida es una constante reválida en la que podemos comenzar a cada instante después de pedir perdón a quienes hemos maltratado.
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