1 jun. 2007

La familia se extrañó, a los dieciocho meses, de que su tío no respondiera al teléfono. A la comunidad les parecía raro que no participara en las reuniones vecinales para decidir la nueva marca de lejía para la escalera, a pesar de que dos de las ventanas de su piso estaban abiertas desde hacía tanto tiempo. No tuvo amigos ni enemigos que le echaran en falta durante más de un año. En la marabunta de la gran ciudad, nadie se acordaba de su existencia. Murió solo –seguramente de forma repentina- en el sofá de su casa, y solo comenzó a descomponerse, sin una pobre oración, sin una furtiva lágrima. La del piso de abajo se extrañaba de que la casa oliera mal, ya que por más que ventilara no se deshacía esa pestilencia a gusanera. Pero no pensó en su vecino, por más que hubiese dejado de cruzarse con él en el portal. Sin esquela ni funeral, sin entradilla en el registro de defunciones, la carne se fue pudriendo en la indiferencia, hasta que los bomberos, a los dieciocho meses, tumbaron la puerta para descubrir aquel espectáculo dantesco: no el de los huesos pelados, sino el de la muerte en el más absoluto de los anonimatos.Lo que acabo de relatarles no es ficción. Lo contaron las noticias la semana pasada entre el estupor y la risa. Me acordé inmediatamente de la santa de Calcuta, Teresa, que al viajar por el mundo descubrió que la pobreza no se encuentra en los arrabales de la India o en los guetos de basura de cualquier país de África, sino en las ciudades de nuestra opulencia, en las que no nos interesa ni siquiera el nombre y apellidos del vecino de escalera. La madre Teresa se estremeció al viajar al norte de Europa y encontrar que muchas casas no tienen timbre porque no esperan visitas. Y fue esa la miseria que le hizo estremecerse: la que mata el alma y la condena a la soledad más absoluta, que es el infierno, ese morir poco a poco sin que a nadie le importe, sin que nadie –ni siquiera aquellos que hormiguean a tu alrededor- se dé cuenta. Fue entonces cuando decidió abrir casas de acogida allí donde se tira la comida, allí donde los fines de semana se cuentan por los billetes que salen de nuestras carteras.
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