31 ago. 2007

No lo tenía premeditado. Más bien, me ha obligado la distancia del quiosco, el poco tiempo para escuchar la radio y para ver la televisión. En pocas palabras: durante este verano he vivido aislado del diario acontecer del mundo, de la vorágine de noticias que nos acompaña todos los días. Frente a este apagón informativo, me he dado cuenta de que la ignorancia de la “última hora” contribuye a elevar el nivel de vida, de que favorece el gusto por los indudables atractivos de las cosas pequeñas. Aunque pueda aparentar cierto egoísmo vitalista, las últimas semanas me han demostrado que vivimos atrapados por un sinfín de acontecimientos que nada nos aportan, ya que nada podemos hacer por resolverlos. La insistencia de los medios, que hasta en las paradas del metro nos ilustran la espera con imágenes tomadas por los cuatro costados del mundo, es abusiva. Al final, con tantos impactos de lo que sucede más allá de nuestro ámbito descuidamos lo cercano. El apagón conviene, incluso, por salud mental: ¿qué puede aportarnos la imagen del último maltratador doméstico? ¿Y la rapidez con la que escupe proyectiles un arma de largo alcance en las montañas roqueñas de Afganistán? ¿Y las riadas en la península de Bengala? ¿Y el conocimiento de los cambios impositivos para los criadores de gusanos de seda? ¿Y los avances del ejercicio médico contra la urticaria?… Nadie ha demostrado, hasta el momento, que la masificación en la información redunde en una sociedad mejor estructurada. Es más, cada día son más las noticias y mayores los desaguisados. Conocer los problemas de los habitantes de la costa sur de Australia, por poner un ejemplo tonto, no nos hace más conscientes de nuestras responsabilidades. Por ese motivo, el exceso de información adormece la conciencia, genera una película de indiferencia que convierte los sucesos en un entretenimiento más, en la necesidad de vivir conectados a un canal de televisión, a una emisora de radio o a una edición digital que distraigan los fantasmas de nuestra realidad. La información a paladas, las noticias recibidas como si fuesen el contenido de un volquete o el vapor de humo incansable de una fundición, no nos hace libres sino esclavos de quien, por delante de nosotros, decide qué es lo que se cuenta y cómo se cuenta. Porque el secreto de este negocio no es otra cosa que la estrategia que determina las cosas que van a inquietar a una sociedad desarrollada, capaz de pagar por recibir noticias sean del calado que sea. El mismo maltrato doméstico al que antes me refería, la propagación de la anorexia y otras patologías alimenticias, el culto a la forma física o las modas en el vestir están íntimamente ligadas a los despachos de quienes coronan la bacanal de la información. Por eso es bueno sanearse de cuando en cuando y alejarse de esa “última hora” que nunca se acaba.
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