17 jul. 2007

Le tomo el guante a Carlos Esteban, que hace tres semanas proponía desde la vecindad de su columna el regreso a María. Al leerle me acordé de un familiar que volvió a Dios de la mano de la Virgen, sin alharacas, con discreción, como si nunca hubiese estado lejos. Y es que las madres traen así a los hijos que llevan muchos años fuera de casa: como si no hubiera pasado el tiempo. Les tratan con normalidad, sin impostura, con el tono y las formas que emplearon siempre, desde que el hijo nació.

Aquella conversión no fue una suerte de espectáculo. Las cosas de María son sencillas: llegó el día de la primera comunión de sus hijos y mi familiar –que con tantas excusas había ninguneado la reconciliación con el cielo- no pudo contener las lágrimas mientras la misa se cerraba con el canto de la misma salve marinera que entonaba de niño. De pronto se le vinieron al corazón un montón de recuerdos y aquella persona madura, con una reconocidísima trayectoria profesional, se vio en un mes de mayo infantil, cuando depositaba sin pudor una flor a los pies de la Virgen de su colegio y le confiaba alguna petición sencilla. Lo demás fue encadenado: de las lágrimas a la añoranza de vivir en gracia, y de ahí a una confesión que le devolvió la alegría de vivir.Estoy de acuerdo con Vittorio Messori cuando se queja de la traza algo meliflua en la que hemos convertido la devoción mariana. El trato con María es vertebral para el católico y debe ser recio y detallista a la vez, una seguridad rendida de que Santa María nos observa con ojos de madre presta a interceder con mayor ahínco cuando mayor es nuestro extravío. Por ese motivo hay que animar a quienes nos rodean a invocar a la Virgen, aunque vivan de espaldas a la Iglesia. El texto del avemaría, por citar la oración más repetida en el mundo y que es sencillo de proponer, es un canto de alabanza y de rendición de nuestra pequeñez: decimos lo que somos, pecadores, y rogamos su maternal cuidado ahora y cuando llegue el momento de rendir cuentas. La vida y la muerte en manos de María, que como madre participará en nuestro nacimiento a la eternidad (Messori).

¿Cómo no va a escuchar la Virgen la oración que viene de los que vivimos errados? Con una mujer como ella, estoy persuadido de que la repetición diaria de esa breve antífona será suficiente para que muchos lleguemos a disfrutar sin mérito de la felicidad sin fin.
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