7 sept. 2007

No somos superhéroes. Ni ustedes ni yo. Ninguno puede embutirse un traje de licra –con capucha y todo- y regresar al trabajo sin que le afecte la pereza. Es este uno de los pecados capitales que definen una sociedad, la nuestra, que pese a haberse puesto en la cabeza de las potencias económicas del mundo, no ha conseguido renunciar a la languidez del que se deja vencer por la falta de ganas. La pereza se hace la remolona, especialmente después de las vacaciones de verano, en las que se ha hecho dueña y señora durante siestas y madrugadas. Pereza para levantarse y pereza para irse a la cama. Durante unas semanas la pereza ha gobernado nuestra voluntad, ha impuesto la tiranía del “me apetece”, ha decidido por nosotros ese mórbido perder el tiempo bajo la canícula hasta conseguir que muchos de los propósitos del mes de agosto (lecturas, cine, excursiones, amigos...) hayan quedado en nada. Y claro, una vez terminadas las vacaciones quién es guapo capaz de hacerle frente y de tomarse con deportividad lo que nos viene encima: madrugones, atascos, malos humores del jefe, falta de compañerismo de nuestros colegas de oficina, problemas...Como les decía, aquí no hay superhéroes sino hombres y mujeres a los que la vida, después del ocio, les sorprende con una cuesta arriba, la de la vuelta a la normalidad, que se antoja insuperable. En septiembre agota hasta anudarse la corbata. No digamos sentarse a escribir o troquelar en la fábrica. Las ganas, el ánimo, se han evaporado en la playa. ¿O no...? Porque la ventaja del hombre frente al oso perezoso es que es capaz, con esfuerzo, sí, de enfrentarse a todas las dificultades frente a la posibilidad de quedarse adormilado en la rama de un árbol. Los osos no disponen de café para espabilarse de esta adormidera septembrina, ni de afanes que se elevan sobre el mero dejarse llevar. Los hombres podemos descubrir mil y una razones para afrontar la vuelta al trabajo con una sonrisa, incluso con ilusión. Todo es cuestión de revisar nuestras prioridades y darle a nuestro oficio el sentido transformador que sin duda posee. ¡Bienvenidos al tajo!
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