14 sept. 2007

No existen los divos; todos estamos avocados a un mismo destino de muerte y esperanza, ricos y pobres, guapos y feos, genios y hombres desapercibidos, incluso aquellos a los que Dios tocó la garganta, ¡bendito Pavarotti!, para estremecer con su canto a las cariátides del Partenón y hasta la Gran Esfinge, a la que no cambió el gesto adusto la visita del soberbio Napoleón pero sí el caracoleo vocal del gordo de Módena en aquel experimento divertido y fructuoso de los Tres Tenores, en el que su trino reverberó las cantatas populares de su Italia callejera y festiva para convertirlas en piezas del bell canto cual si Caruso hubiese vuelto en la vibración del aire caliente.

Tenía Pavarotti la fisonomía de un panettone dulce y blando cuyas pasas negras eran el cabello y barba teñidos, y su divertido envoltorio el juego de bufandas que le protegían la garganta de oro. Los entendidos le echaban en cara el juego de sus últimos años, en los que la voz prodigiosa había bajado de escala a causa de las exigencias del pasado y el buen vivir. Y tenían razón. Pero el orondo Luciano quería sacarle partido a las rentas de su eco ahora que no alcanzaba el do de pecho para grabar en la Deutsche Grammophon y se fió de Plácido Domingo, tipo listo que había llegado a vestirse de futbolista de la selección para cantarle a Naranjito -¡horreur!-, versado en el acercamiento de la música culta a las masas. Y al dueto sumaron al otrora enemigo de Plácido, Carreras, a quien una enfermedad había edulcorado la garganta. Así nacieron los Tres Tenores, tres mosqueteros que vendieron cientos de miles de discos, vídeos y publicidad de sus conciertos, divertidas parodias en las que los quites musicales saltaban de uno a otro hasta enardecer a las masas que no conocen los duros diálogos de Wagner.Adiós Pavarotti, que cautivaste nuestros oídos con aquella triste canción del emigrante, no la de Juanito Valderrama, por cierto, sino la de Lucio Dalla, que habla del legendario Caruso, trasunto del gordo de Módena que vive ya, definitivamente, en el parnaso de la Lírica.
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