5 oct. 2007

No quisiera llegar a mi casa después de una jornada de trabajo y encontrar que me han robado el tejado o que me han cambiado las resistentes tejas de barro cocido por una techumbre de paja. No quisiera que, como hicieron los gitanos a los que regalaron la colmena de Saenz de Oiza, en un descuido me desapareciera hasta el plomo de las cañerías o que, como en Neguri, un grupo de rumanos desastrosos ocupara el principal con sus maletas y colchones enrollados. Mi casa es sagrada, como el hogar de cada uno de ustedes, mi patria chica en la que me desenvuelvo en familia con la mayor intimidad. No es lugar para extraños sino el corazón de nuestra convivencia más privada. No cabría –sería un desatino, una esquizofrenia- que cada uno de los que habitamos bajo el mismo techo pretendiéramos hacer del núcleo familiar un reino de taifas en el que cada cual ordena y manda en lo que decide que es su espacio privado. La casa es de todos: de mi mujer y mía, de cada uno de mis hijos y de la señora que nos ayuda en las labores domésticas, por más que sean uno o dos los que hagan frente a la hipoteca y a las facturas del gas, el agua y la luz. Unos pagan el IBI pero todos disfrutan con igual derecho, sin medir edad, fuerzas o inteligencia.España también es mi hogar, el hogar de ustedes, de todos, la casa común que mantenemos entre unos pocos para que todos disfruten sus bienes sin acritud (como decía el tal). Así que es normal mi mosqueo (y el de ustedes) cuando unos tratan de llevarse el tejado y colocarnos a cambio un cañizo mal puesto, o cuando intentan por todos los medios despedir al presidente de la comunidad que –nos guste más o menos su larga sombra- representa la legitimidad de un pasado común y de un futuro de unidad. Si algún vecino quiere marcharse tiene las puertas abiertas, aunque después del pésimo gestor de estos últimos cuatro años aconsejo que miren sus bolsillos, por si ha robado los ceniceros de plata que heredamos de la abuela.
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