5 oct. 2007

Es un regalo inesperado que cae en mi pantalla plana muy de cuando en cuando. Hablo de Terele Pávez, monstruo de la interpretación, última gloria del cine-cine, de la tele-tele, la mejor de las hermanas Penella y la menos querida por el vaivén del público, la menos recordada porque es mujer difícil a la que no van esos personajes huecos de ahora, fabricados en serie por actores que gritan mucho e interpretan poco. Terele se traga sus personajes hasta con huesos, los deglute, les arranca la piel para hacer de ellos un monstruo con voz de fuelle roto, de aguardiente venenoso que le ha partido las cuerdas vocales. Quisiera contemplarla micrófono en mano, recitando poemas o cantando desgarros de posguerra, que seguro los sublima, como cuando la Régula, aquella madre abnegada y miserable de “Los santos inocentes”. Nunca un personaje de ficción causó tanto estupor como la Régula con la Niña Chica en brazos, todo amor y todo dolor en esa voz de hierro oxidado, de chimenea gripada, de ola de invierno. Falda oscura, refajo, mirada enajenada y la cabeza de Terele que se ladea para representar lo peor de esta vida, lo peor de nosotros mismos, como cuando bordó a la envenenadora de Valencia, que aún despierta en pesadillas a unos cuantos televidentes de aquellos años. Después le cayeron esas cintas oscuras y mórbidas de Alex de la Iglesia que no me gustan, pero a las que la Pávez regaló su genialidad rompedora, una bofetada a tiempo entre tanta boba amagando a las actrices de Los Ángeles, confiadas que una intérprete debe ser, ante todo, mona. Que no, que lo único que vale es el actor que es capaz de transplantarse un corazón nuevo, vestirse con el alma de otro hasta que le duelan las articulaciones, como Terele, aunque te tachen de loco, de intratable, de extravagante. Yo quiero ese delirio.
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