23 nov. 2007

A fuerza de verles la jeta en mi pantalla plana, queriendo o sin querer uno se familiariza con muchos personajes a los que, en sueños, confunde con los miembros de su familia o con su lista de allegados. El rostro kilométrico y descarnado, como de lapicero, del duque de Lugo forma desde hace doce años parte de mi subconsciente y a veces lo veo amarilleado por las pinceladas de El Greco entre la tramoya que acompaña al entierro del Conde de Orgaz, envuelto en una de esas capas españolas que oscurecen nuestra tragedia; otras lo confundo tomando notas bajo una pasarela de maniquíes, rodeado de costureros y cantamañanas que lamen y relamen la cercanía al armiño de la realeza: Jaime de Marichalar y sus pulseras es el único trozo de alfombra palaciega que llegarán a pisar, y le llevan en volandas como a un pelele, de fiesta en fiesta, bajo una lluvia de champán y canapés, incitándole a una extravagancia que provoca sonrojo, sobre todo si recordamos sus primeras imágenes, cuando nos presentaron a un muchachote discreto y feo que había encandilado a una infanta simpática y fea, heredera de las mismas aficiones que hicieron tan popular a la “Chata”.¿Quién obró la desgracia? ¿Quién hizo de aquel joven de chaqueta cruzada y rostro blanquecino el estrambote de hoy en día, ducho en camiserías y corrillos de modista? Tenía, a mi juicio, las papeletas suficientes para haber hecho de su vida un leal servicio a la monarquía. Le veía inaugurando exposiciones y visitando asilos de ancianos. Pero algo se cruzó, un ictus cerebral o, lo que es más grave, esa maldita camarilla a la que Don Juan Carlos nunca permitió acercarse a la escalinata de Zarzuela y que reforzó el valor de su reinado: <<este Borbón aprendió de su abuelo y no consiente la adulación de la corte>>. Pero la corte, una corte de desaprensivos, se cebó con un yerno débil al que llenaron la cabeza de retales y figurines. Lo siento por él. Lo siento por ella. Lo siento por dos niños que ya son pasto inocente de las llamas.
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