25 jul. 2008

¿Quién podía imaginarse una reunión masiva de adolescentes y jóvenes sin drogas, alcohol, sexo y rock and roll? Woodstock había marcado la vereda por la que debían celebrarse este tipo de encuentros que parecían inocentes y florales pero que escondían una importante carga destructiva, a pesar de la buena música. Enfangados, envueltos en mantas, sucios y resacosos por el whisky y el humo de hierbas prohibidas, los jóvenes regresaban a sus casas con la íntima sensación de que el ama se les había necrosado un poco más. Traían la cabeza embotada por el golpeteo de las baterías para no tener que volver a reflexionar sobre un mundo que, en teoría, no les gustaba. Y traían también el calendario con cruces que señalaban los próximos festivales al aire libre.

Los titulares describían aquellas acampadas de canuto compartido como festivales de la libertad, nada más lejos de la realidad si juzgamos cuántos de aquellos jóvenes terminaron sus días atrapados por la droga, por el sida, por el suicidio incluso, al igual que sus líderes musicales. Cuántos de aquellos jóvenes que decían creer en el amor libre trincharon sus vidas con una y mil historias de desamor, al igual que sus líderes musicales. Woodstock, junto a la buena música, aparece ligado al desencanto, a muchos desmanes que han hecho de buena parte del mundo que hoy lideran aquellos jóvenes sobrevivientes un caldo de cultivo para la cultura de la muerte.Por eso aprecio las Jornadas Mundiales de la Juventud, porque la otrora figura distante del papado tomó de la mano a los hijos de aquellos macrofestivales de la nada para mostrarles un camino nuevo y deslumbrante, sin necesidad de hierbas ni alucinógenos. Desde la primera Jornada, celebrada en Roma, a esta última de Sydney, se suman varios millones de adolescentes y jóvenes que han experimentado la felicidad de vivir junto a Dios. En vez de droga, confesiones. En vez de músicas atronadoras que impiden el fluir del pensamiento, catequesis que evocan numerosas escenas de los Hechos de los Apóstoles. En vez de mesías de cartón piedra, un hombre de blanco investido con la potestad de Cristo para abrir las puertas del Cielo desde su palabra mansa y sus gestos de misericordia.

No tengo duda de que llega esa “primavera de la Iglesia” que profetizara Juan Pablo II. Muchos de esos millones de jóvenes que recorrimos el mundo de parte a parte gracias a las Jornadas Mundiales de la Juventud, nos hemos convertido en mujeres y hombres con responsabilidades. Y han fraguado vocaciones sacerdotales, religiosas y matrimoniales. El mundo comienza a respirar con otro son, esperanzador, a pesar de la densidad de las sombras.
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