1 ago. 2008

A José María no le van a consultar los maquiavelos que preparan las leyes de ampliación del aborto y de eutanasia. Y eso que podría ilustrarles con detalle qué tal se vive cuando uno hubiera podido ser sentenciado a no nacer. A José María no le van a consultar tampoco aquellos que han puesto al servicio de las mujeres andaluzas un sistema para eliminar los fetos que sufren alguna tara. Taras como las de José María, sujeto a una silla de ruedas. Su cuerpo se pone rígido en ocasiones, dos motivos que le hacen no merecedor de la vida, según nuestros legisladores.

Pero José María es un niño de ocho años y le gusta jugar. Yo le he visto en el campo disfrutar del sol, del agua de una alberca, del paisaje abierto de los trigales, del vuelo de las águilas, de las carreras de otros niños. Él pide -cuando llega su cumpleaños, cuando se acerca la Navidad- el milagro de andar y hay muchas posibilidades de que nunca lo consiga, pero eso no hace que José María merezca la vida con menos derecho que mis hijos o que las hijas del presidente Zapatero, por poner los primeros ejemplos que me vienen a la cabeza. Es más, estoy seguro de que mis hijos y las hijas del presidente Zapatero enseguida lo incluirían entre la exclusiva de sus amigos íntimos, porque José María despierta un aprecio inmediato y porque los niños tienen mayor sentido de la justicia que muchos adultos.José María ríe a carcajadas a la primera de cambio. Disfruta del amor de sus padres, de buena compañía, de caricias y manos que le acercan agua cada vez que siente sed. Me cuentan que el día que hizo la primera comunión, hace un par de meses, comenzó a lanzar besos cuando el sacerdote elevó la forma recién consagrada. Es un gesto propio de los corazones puros. Y los corazones puros existen para amar la vida, para disfrutarla, exprimirla y contagiarla, incluso si están anclados a una silla de ruedas. Pero la oportunidad política, el desconocimiento, la maldad, el individualismo egoísta, el relativismo que ahoga a esta sociedad en su propia ponzoña, considera un gesto de humanidad que las mujeres que portan en su vientre niños que pueden llegar a ser como José María se entreguen a las manos enguantadas de un abortista. Lástima que no te conozcan, pequeño, para que les arranques las escamas de muerte con una de tus preciosas carcajadas.
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