11 jul. 2008

Pablo de Tarso bien pudiera haber sido un tipo de nuestro mundo empeñado en instaurar la nueva doctrina del laicismo y la cultura de la muerte (por cierto, ésta hiede a podrido). Si viviera hoy –viven muchos como él-, formaría parte de algún sanedrín político y se rasgaría las vestiduras ante el caminar tembloroso de una anciana hacia su parroquia o ante un joven matrimonio que ya va a por el tercer hijo a pesar de que la ecografía les ha anunciado que el útero porta las dulzuras y penalidades de un niño síndrome de down. El nuevo Pablo de Tarso se instruiría para dar lecciones de Educación para la Ciudadanía y enseñaría a los escolares la configuración del nuevo hombre: aquel que decide cuándo nace y cuando muere, aquel que sólo adora a los dioses de la ley, el partido, el placer y el dinero. Ese sería el Pablo de Tarso del siglo XXI, un tipo de innegables atractivos, de numerosos dones para llevar a cabo su tarea, capaz de engendrar sus propios demonios allí donde huele a incienso o se aprecia el roce de una sotana.El Jubileo paulino nos recuerda que por encima del hombre y de sus planes, por encima incluso de la soberbia de su presunta “misión”, está la gracia de Dios, capaz de dar la vuelta al devenir de las cosas. Así, el perseguidor de cristianos se convirtió –de la noche a la mañana- en un apóstol ad gentes que recorrió el mundo conocido y aceptó todo tipo de peligros para hablar de Cristo con la rotundidad de quien ha sido sacudido por el Espíritu Santo. Este nuevo Pablo no era un iluminado ni un extremista, ni siquiera un hombre que defendiera tal o cual bandería. El encuentro con Jesús muerto y resucitado le había transformado por completo: a través de la oración y de los sacramentos Pablo conoció la única razón capaz de dar a esta vida un sentido definitivo y feliz. Y por eso pronunció el nombre de Cristo allí donde le querían escuchar y allí donde se jugaba la prisión, la tortura y hasta el martirio.

¿Cuántos Pablo de Tarso habrá entre quienes bailan la macabra conga de una ley aún más permisiva para abortar, la conga de la eutanasia disfrazada como muerte digna, la conga del análisis prenatal para practicar eugenesias contra los fetos más débiles, la conga del laicismo beligerante…? Ya que cada día parece más complicado confiar en los hombres que manejan los destinos de la sociedad, ¿por qué no confiamos un poco más en Dios, dispensador de todas las gracias, también de aquellas capaces, como en el caso de Pablo de Tarso, de derretir el alma helada de los descreídos? Será cuestión de comenzar a pedirlo.
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