5 sept. 2008

Escribo desde mi paraíso encontrado, el refugio de mis vacaciones, el lugar en el que mejor logro volver a ser yo mismo junto a los míos, mientras apuro las últimas horas de agosto, de este mes de paz y excursiones, de vida en familia y paseos por la orilla, de amigos y tertulias, de carga de fuerzas y esperanza para los próximos meses, en los que no dejaremos de ser los mismos para seguir añorando el agua transparente y fría del Cantábrico, las colinas verdes y azules, los picachos rocosos de los buitres, la vida despojada de las caretas a las que obliga en ocasiones la sociedad, este ir y venir algo confundido, el ejercicio de conseguir mes a mes un puñado de euros para alimentar y educar a los nuestros, para asegurarnos un retiro ahora que se desvanecen las pensiones.Antes de referirme a las desventuras con las que nos aguarda el curso, prefiero refugiarme en los dulces momentos de este verano. Me he acordado mucho de la redacción de ALBA, para qué negarlo, muy especialmente de Gonzalo Altozano, y no sólo porque le supiera allende los mares, allí donde las langostas abandonan por las noches el mar caliente para echarse a la bartola al vaivén de los cocoteros mientras sueñan con los piratas de antaño, en las canciones con las que las esclavas alegraban el macheteo de los negros del azúcar. He pensado frecuentemente en Gonzalo porque en una ocasión me retó a vivir sin conexión con el mundo: es decir, se apostó la hijuela a que mi familia no podría desprenderse durante un mes de la televisión. Y tengo que advertirles que me llevo la hijuela de Gonzalo bajo el brazo, porque no hemos perdido un segundo del asueto de agosto con las noticias del telediario, con los debate basura, con los concursos del todo a cien, con las series de cada día, ni siquiera con las bellas imágenes de ese negocio global al que llaman Olimpiadas. No, no hemos encendido el televisor. Ni hemos comprado el periódico, saturado de tristezas y frivolidades. Ni hemos ensuciado la mañana ni el mediodía con las voces airadas o envolventes de ningún locutor de radio.

Debo confesarles que la hijuela de Altozano es lo que menos me importa de esta gozosa experiencia. Por mí, se la puede quedar (le conozco, se inventaría cualquier triquiñuela para no saldar sus débitos). Es más, estoy dispuesto a invitarle a mi paraíso encontrado entre las montañas y el océano, dispuesto a asumir su deuda, porque gracias a su reto mi familia ha disfrutado del mejor de los veranos. Gracias.
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