5 sept. 2008

No sé qué me ha desaparecido antes, si el moreno de agosto o el último billete de la cartera. Cuando cambiamos la peseta por los euros, hace ya algunos años, noté que la nueva moneda tiene una predisposición incontrolable a desaparecer. Uno va al cajero automático, saca cuarenta euros (dos billetes planchaditos y azules, otrora un pellizquito con el que tirar durante unos días), y en un visto y no visto descubre que han volado no se sabe cómo, dejando de recuerdo unas monedas de cobre que ni siquiera desean los mendigos. El caso es que estoy blanco y sin blanca, que para el caso es lo mismo al observar la que está cayendo. No hemos saldado las deudas de las vacaciones y la crisis truena con el ímpetu de un tifón tropical que pretende llevarse todo por delante.

Cuando escucho las noticias mañaneras de la radio (con sus cifras de parados, el aumento de los precios, las suspensiones de pagos…) me entran ganas de volver el tiempo hacia atrás, regresar a agosto para no volver a salir del asueto y la playa. Es una cobardía, lo reconozco, pero también reconozco la hipoteca, la mensualidad del colegio de mis hijos, cada depósito de gasolina y hasta el precio de los fideos, que se han puesto por las nubes. Tal vez olvide que el hombre lleva impreso el espíritu de superación y que es en estas situaciones de apariencia catastrófica cuando debemos echar los restos y demostrar lo que significa vivir en sociedad. En este sentido, detrás de cada cifra de desempleo tendríamos que adivinar no una fría estadística que hunde la curva en el piso del vecino de abajo sino a las familias que sufren las consecuencias del despido.Yo soy hijo de una crisis, lo reconozco ahora con orgullo. Mi padre, hombre recto, sufrió las consecuencias de otra caída de la construcción y tuvo que cerrar una fábrica de ladrillos en la que había puesto todos sus sueños y todos sus ahorros. Pero de aquello me enteré más tarde, porque tanto él como mi madre hicieron filigranas para que la infancia de sus hijos fuese tranquila y feliz. Supongo que sus familiares y amigos se rascaron la cartera para que siguiésemos comiendo caliente, para que nuestros juegos no se emponzoñaran con la sombra fría de los acreedores. Y por eso mi padre repetía, una vez y otra, que si de algo se sentía millonario era de amigos, y que en esta vida nada tenía más valor que un amigo en necesidad.

Tal vez la crisis, esta crisis que parece pintarlo todo con un barniz triste, nos haga ver que no somos los únicos que lo pasamos mal, que a la vuelta de la esquina, en nuestra misma casa, una familia ha pasado del solomillo a la sopa de ajo, como en los viejos tiempos, y que quedarían muy agradecidos si algún anónimo pulsara el timbre para dejarles junto a la alfombra que da la bienvenida una compra semanal bien surtida. Lo que comento no es producto de mi imaginación literaria, sino ejemplo de una lectora de TELVA que se quedó viuda con ocho hijos antes de que naciera el noveno. Además del dolor por la pérdida de su marido, a aquella familia numerosa se le unía el temor de una economía tambaleante. Entonces sus amigos se movilizaron: unos abrieron una cuenta corriente para la viuda, otros se encargaron de las necesidades de los más pequeños y otros realizaron algunas compras. Cuando llegaban esos pedidos del supermercado como dádivas del buen Papa Noel, nuestra amiga los dividía (un tarro de mermelada aquí, otro tarro de mermelada allá) y enviaba a sus hijos con la mitad de las provisiones a la puerta de una vecina que pasaba también por dificultades.

Así como la bonanza puede resultar engañosa, los periodos de necesidad nos hacen ver la autenticidad de nuestro carácter. No podemos hundirnos ante una adversidad económica porque somos mucho más que una contingencia pasajera. La crisis, al igual que ha venido terminará por disiparse y otra vez podremos disfrutar de días de uvas y miel. Para entonces sólo será importante recordar cómo aprovechamos estos tiempos de estrechez. Tal vez nos sirvieron para algo más que lamentarnos. Tal vez nos hicieron sacar lo mejor de nosotros mismos. Tal vez nos convertimos en una ayuda para alguien cercano o para alguien desconocido. Tal vez fuimos nosotros los beneficiados por esa generosidad y, por tanto, los que en un futuro deberemos devolverla. La maravilla del ser humano es que somos una sorpresa por descubrir.
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