14 nov. 2008

A la Historia de la humanidad le sobran mesías, enviados de pacotilla, propagandistas de credos vanos. El pasado siglo ha sido rico en ejemplos de masas rendidas a los encantos de ídolos vacuos, desde Stalin a los Beatles, desde Rodolfo Valentino (¡la que se armó el día de su fallecimiento!) a Benito Mussolini, desde Michael Jackson a Fidel Castro. No pretendo -el cielo me libre- meter en el mismo saco a artistas y matarifes, sino mostrar cómo la histeria colectiva se rinde a los diversos vendedores de la nada (unos acordes, un discurso exaltado, un baile…), hasta caer en el paroxismo. Mao y su Revolución Cultural provocó una riada de sangre al tiempo que Occidente admiraba el orden con el que los chinos aceptaban el rodillo y la disciplina con la que salían a aclamar al tirano.

La Casa Blanca se va a teñir del color mestizo de Obama. Ha sido el deseo de los norteamericanos expresado en libertad después de una campaña apasionante en la que la democracia se alimentó a golpe de millones de dólares. Sobrecoge el dinero que cuesta aupar a un nuevo inquilino en el corazón del mundo, las estrategias que deben dibujarse en los equipos demócratas y republicanos para que un líder y un eslogan calen en el electorado.Me alegro de la elección de Obama igual que me alegraría si el vencedor hubiese sido MacCain. Incluso reconozco que el futuro presidente simboliza la justicia que medio mundo le debe a la población negra, maltratada durante siglos vergonzantes de esclavitud y racismo. El sueño, en este sentido, se ha cumplido, y Martin Luher King ve recompensada la ofrenda de su propia vida por la dignidad de los hombres y mujeres de color. Ahora, más allá de este elemento emocional, Barack Obama no deja de ser un político, un hombre de partido con todas las limitaciones de los políticos y de los hombres de partido.

Sería una insensatez creer que Obama cambiará todo aquello que demanda el pueblo norteamericano. Aunque alrededor de su persona se haya fraguado un aura interesada de mesianismo, su paso por el poder será un tira y afloja, una mezcla de luces y sombras, un contrapeso entre las promesas cumplidas y las que quedarán por cumplir. Es ley de vida, ya que el flamante nuevo presidente de los Estados Unidos de Norteamérica no deja de ser un hombre ligado a un pasado, a unas circunstancias y a unas limitaciones.

Tal vez, lo más peligroso de esta sacudida que ha traspasado el planeta sea el contagio del propio senador, la borrachera de éxito, la persuasión de que son su cabeza y sus manos las que harán de su país una república de justicia, las que le convertirán en cancerbero de la paz mundial. Porque suele ser en esas circunstancias, cuando las mareas del beneplácito se han desatado, el momento en el que comienzan los desmanes personalistas, el convencimiento de que uno está tocado por el dedo de Dios o, lo que es peor, que uno es el que ha cogido el dedo de Dios y se lo ha colocado sobre la propia frente para no equivocarse jamás.
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