7 nov. 2008

Los novios se hablan con la mirada, sin necesidad de palabras. En ocasiones un pestañeo dice mucho más que una larga conversación. Y puede parecer exagerado, pero algunos en sus arrullos parecen gritarse: <<yo te pondría un supermercado>>, sobre todo aquellos a quienes nada se les antoja más romántico que el paseo entre los lineales atestados de bienes de consumo, fabricando a golpe de carrito la ilusión de un futuro en común en el que compartirán el aceite de palma, las costillas para la barbacoa, la crema de maní, el detergente, las baterías para el transistor… A veces te los cruzas por las grandes superficies, uno conduciendo el carro hacia donde dicta el capricho del otro. Me divierte entonces imaginármelos dentro de cinco o diez años, cuando la economía familiar les obligue a prescindir de lo accesorio.Porque con el tiempo las cosas se colocan en su justo lugar. Quiero decir que hacer la compra en compañía se antoja la menos placentera de las necesidades de la vida en familia, al menos para mí. La mujer es práctica y sabe concretar frente al reclamo de tantos productos. Se mueve con soltura entre las ofertas y las novedades, confiando en el marido la prosaica tarea de cargar las bolsas y paquetes en el carro. Los hombres, por el contrario, tendemos a la distracción apenas cruzamos el umbral de las puertas automáticas, como si la atmósfera de neón de esos santuarios del consumo fundiera nuestro sentido común. Los ojos y las manos se nos escapan a lo prescindible y a lo más caro: nuevas alfombrillas para el coche, cajas de CDs regrabables, sobres de jamón ibérico, mantequilla holandesa con denominación de origen y botellas de distintas clases de vino componen nuestra cesta de la compra. Si es la semana del queso, por poner un ejemplo, perdemos media hora en palpar la textura y oliscar los aromas para, al final, llevarnos un surtido de siete u ocho piezas. Si nos dan a probar chocolate, no sólo compramos el que nos recuerda al de nuestras meriendas infantiles, sino aquel otro que nos seduce por el colorido de su envoltorio. Eso sí, al llegar a casa nos damos cuenta de que nos hemos olvidado de lo esencial: la leche, las papas y los pañales, aunque la tragedia puede ser peor si nos entran ínfulas responsables y, por unas horas, pretendemos dar un giro a la economía doméstica. Entonces llegaremos a la caja registradora con cincuenta latas de atún porque estaba en oferta, o con tres paquetes de sesenta rollos de papel higiénico cada uno, convencidos de haber tenido una genial idea con la que evitar que nuestra mujer vuelva a tener que comprar ese producto durante, al menos, tres meses.

Es curioso que las discusiones más agrias con mi santa hayan tenido lugar en un gran almacén. Seguramente me humilla mi necedad, esa falta de ingenio que me lleva a escoger la caja registradora más saturada, a aparecer todo sonriente -¡ufano de mí!- con un melón duro y fuera de temporada cuando ella hace rato que me está buscando para que le ayude a bajar los zumos de la tercera estantería, a que se me rompa el asa de la bolsa y rueden por el suelo encerado una colección de doce manzanas, a que me deje entrampar por las señoritas que sortean un apartamento en la playa, a que le sugiera, una vez que ya hemos cargado seis quintales de compra en el coche, volver a por unos caramelitos para los niños…

Cuando fuimos novios también le prometí a mi mujer, sin necesidad de palabras, disfrutar de los días de compra en común. Claro que ahora reviso la idea, porque entre los yogures y las bolsas de lentejas me siento un inútil, sobre todo si me ha dejado solo con una larga lista con la que llenar el carro. Una fuerza telúrica se apodera entonces de mí y me hace vagar de pasillo en pasillo, de lineal en lineal, en busca de un destornillador con veinte aplicaciones, de un bloc de notas de colores, de la nueva bechamel de harina de soja… ¡Qué se yo! Sin remisión, mi voluntad se tronza, hasta sacar al prosaico hombre que llevo dentro.

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