12 dic. 2008

Algunos fines de semana doy un paseo nocturno con el perro. Me gusta respirar el aire frío y seco de la madrugada, esas bocanadas que me despiertan los pulmones para después evaporarse desde mi boca en hilachos blancos. Casi siempre trazo el mismo recorrido, calle arriba, calle abajo, por las cuadrículas de mi barrio. Lo que durante el día es un bullir de tráfico y gente, de noche es la placidez de la ciudad dormida con algún que otro paseante de canes, algún que otro gato furtivo y algún que otro adolescente atrapado en las consecuencias de la farra. Un chaval o chavala, quiero decir, de quince, dieciséis o diecisiete años que se tambalea por el parque, que se inclina para vomitar o camina en un zigzag solitario. Descubro que los ojos se les han perdido en la rasgadura de una mirada ausente, la que provoca el peso de una diversión absurda que, sin remedio, termina siempre en el cobijo helado de las calles mientras la cabeza les vuela por el sueño dañino de las alucinaciones.Por desgracia, a los capos de la diversión les siguen saliendo las cuentas a pesar de la crisis, en buena medida porque explotan con denuedo la inmadurez de los menores de edad. A pesar de que está fresco en la memoria el asesinato del joven Álvaro Ussía en tristísimas circunstancias, casi todos los tugurios sin licencias en España siguen abiertos. Una vez pasada la emoción de las primeras semanas de duelo, los vigilantes y porteros vuelven a hacer la vista gorda ante quienes no tienen los años reglamentarios para divertirse en locales que basan el entretenimiento en la venta de alcoholes destilados. El alcohol, la música a todo volumen, las luces tenues e intensas -cambiantes en el color y en las formas- y la facilidad para adquirir y consumir drogas sigue formando el paisaje de la diversión nocturna.

Con semejante ambiente no es de extrañar la proliferación de peleas que arrancan tras un leve empujón, una mirada mal interpretada o una palabra de más. Hay muchos adolescentes que buscan cualquier excusa para recrear el mundo virtual de sus juegos de consola, especialmente aquellos más agresivos.

Tal vez el lector piense que exagero, pero es que algunos de los adolescentes con los que me cruzo en mis paseos nocturnos llevan la marca de los golpes, la ropa rasgada, el cabello revuelto y hasta algún manchurrón de sangre. Y lo peor es que parecen no advertirlo en su resaca de whisky y drogas de diseño, esas píldoras de colores a las que las mafias han rebajado hasta la mitad de lo que costaban hace un año, poniéndolas al mismo nivel que una caja de chicles. Según los expertos, aún así resultan un negocio muy rentable; en estos meses en los que la economía mundial ha hecho aguas, se vende más droga sucia que nunca.

Los adultos imaginamos que las drogas dispuestas para nuestros hijos campan por lugares marginales, pero debemos recordar que allí donde se reúne un grupo de jóvenes dispuesto a pasar una noche divertida, surge la oportunidad de consumir marihuana, hachís, cocaína y píldoras, múltiples píldoras sin receta ni prospecto que se convierten en un combinado explosivo si se mezclan con alcohol.

Cuando contemplo a esos jóvenes ya vencidos, pienso que apenas unas horas atrás han dejado los libros del colegio, que tal vez el uniforme continúe por el suelo de la habitación. En ellos destaca ese aire de niño que no ha roto un plato, a pesar de que caminen por las calles oscuras como si fueran zombis que se bambolean en las ensoñaciones de sus fantasías lisérgicas, de sus sueños metílicos. No deja de lacerarme considerar que unos nos levantamos al alba con la ilusión de sacar adelante nuestras familias, nuestro país, mientras otros se meten en la cama a la misma hora después de haber destrozado las ilusiones de quienes en el futuro tomarán el relevo.

Tal vez los padres no nos hayamos decidido seriamente a poner remedio, a buscar alternativas de ocio para que nuestros hijos se alejen de esas diversiones tan peligrosas. Tal vez su conducta, ese terminar irremediablemente con el cuerpo empapado de alcohol y sustancias prohibidas, tenga mucho que ver con nuestra desinhibición, con todo el tiempo que nos resistimos a dedicarles desde que son apenas unos niños.
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