19 dic. 2008

Necesito distanciarme de las cifras que cada año suelta el Ministerio de Sanidad sobre los abortos cometidos en los asépticos mataderos diseminados por nuestra geografía. El asesinato de inocentes se convierte, un año más, en una fría lluvia de porcentajes y comentarios desapasionados, como aquel que lee en voz alta los números de la lotería.

Yo quisiera que se contaran de uno en uno. Es más, daría lo que fuera para que el Ministerio y las Comunidades Autónomas hiciesen, por una vez, un esfuerzo de imaginación y le ofrecieran un nombre a cada uno de los fetos que componen este macabro festín de muerte oficial. Tendrían que empezar por el primero: “José Carlos, de madre deprimida y padre desconocido”. Seguir por el segundo: “Marieta, de madre deprimida y padre desparecido”. Por el
tercero: “David, síndrome de down, madre y padre con recursos”... Por el
decimonoveno: “Raquel, labio leporino, madre y padre sin recursos”. Por el trece mil quinientos: “Luis, de madre menor de edad y padre sin especificar” ... Por el cincuenta mil doscientos tres: “Jennifer, de madre deprimida y sin padre confirmado”... Y así hasta el ciento doce mil ciento treinta y
ocho: “Pablo, de madre deprimida y padre con recursos”.

Nominalizados así, cada uno de estos pequeños nos duele hasta gritar, porque en su asesinato entrevemos ese futuro que ya no será: la primera vez que podrían haberse quedado dormidos, la primera vez que probaron el pan, la primera vez que hicieron un amigo, la primera vez que tuvieron que elegir, la primera vez que se equivocaron, la primera vez que hicieron el bien de manera consciente, la primera vez que hicieron el mal de forma consciente, la primera vez que se arrepintieron, la primera vez que se enamoraron, la primera vez que lloraron por alguien... Pero el futuro que se les coagula en un saco, entre gasas y apósitos sanguinolentos.

Tal vez el Ministerio y las Comunidades Autónomas argumenten que no disponen de tiempo, recursos económicos ni funcionarios para nominalizar a 112.138 fetos. Tal vez arguyan que en el Registro Civil no hay una partida en la que se puedan registrar los nasciturus, ni siquiera aquellos salinizados, sajados o aspirados en las clínicas concertadas. Lástima que cueste más esfuerzo y dinero regalarles un nombre que acabar con ellos.
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