30 ene. 2009

A mis alumnos de Excelencia Literaria, que sueñan convertirse en escritores, les suelo decir que un novelista no precisa conocimientos académicos precisos. Su Universidad está en los libros (en los buenos libros, se entiende). Si quieren de verdad aprovechar el tiempo para hacer de su vida una aventura que merezca la pena, deben hacerse con un buen listado de títulos y dejarse llevar por la magia de la lectura. Y sé que mi consejo no es palabrería vana. De hecho, estos tiempos de economías revueltas nos dicen que muchos de los responsables de la debacle financiera –así como sus peones, tan bien trajeados en tantos chiringuitos a lo largo y ancho de Occidente- no hubiesen caído el las redes de la avaricia y demás Pecados Capitales si conocieran un poco mejor el alma humana. Alma que en ningún sitio está más detalladamente explicada que en la historia de la Literatura universal. Es decir, en aquellos libros que han superado el paso de los años por seguir interpelando al lector con la misma fuerza con la que lo hicieron en el momento de su edición.En suma, ofrezco la literatura como analgésico, como preventivo, como vacuna y hasta antibiótico contra las necedades del siglo. Los errores y los horrores del siglo XXI están ya descritos y hasta resueltos por la pluma de los grandes autores. Las bondades y maravillas del ser humano, también. Por ejemplo, otro gallo nos cantaría a los cristianos si antes de comenzar la jornada dedicásemos unos minutos a conocer de primera mano lo que fueron las jornadas de Jesucristo. Esto es, a leer su biografía. Es decir, los santos Evangelios. Tenemos la suerte de que nuestra religión es una revelación personal, la revelación del propio Cristo, que no es un mito sino un personaje histórico bien detallado hasta por cuatro testigos de sus primeros días. En ellos se cuenta, por ejemplo, que en el cielo tendrán preferencia las meretrices. Lo dijo porque entre sus primeros discípulos habría alguna. Convertida, eso sí. Y su conversión debió despertar el escándalo de más de un puritano que, en el fondo y en la forma, no creía en la capacidad de Dios para perdonar.

Dostoievski hace una radiografía del alma perturbada en “Crimen y castigo”. Al joven Raskólnikov le persigue el peso de la culpa después de haber asesinado a una vieja prestamista y a su inocente hermana. Y es precisamente una prostituta de aquel paupérrimo San Petesburgo, la miserable Sonia que compra con el precio de su virtud el alimento para su familia, quien le narra la resurrección de Lázaro como muestra de que Dios es capaz de vivificar hasta la carne podrida. La piedad de una ramera conmueve el alma enferma del asesino y el corazón del lector, que descubre el sello indeleble de la misericordia a través de las páginas de una novela imperecedera.
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