6 feb. 2009


Robin Hood corretea por la piel de toro sin necesidad de esconderse en el bosque de Sherwood. Entre otras cosas, porque en la piel de toro un bosque no puede llamarse de forma tan extraña. El Sherif de Nottingham, sin embargo, es fácilmente reconocible con su cartera de presidente del Gobierno y de ministro, o con su toga de magistrado. Le molesta mucho que Robin campee a sus anchas, que se dedique a enseñar al pueblo lo que él y sus huestes hacen lo posible por pervertir. Porque Robin está dispuesto a contagiar el auténtico sabor de la libertad.

El Sherif sueña con colgar al díscolo rebelde en la plaza pública, con hacer de su cadáver un ejemplo de lo que sucede a todo aquel que decide salirse del rebaño. Rebaño enorme, por cierto, que bala al compás que marcan las palmadas del poder. Piensa que Robin y sus proscritos deberían estar paciendo de las manos de quienes detentan la autoridad, la capacidad de pensar por todos. El Sherif, que tiene mucho de lobo, se llena el hocico con invocaciones a la democracia. Para él, es un sistema de adormidera, una suerte de droga con forma de urna en el que la posibilidad de elección se resume entre el Sherif o el Sherif. Por desgracia, la política es una nave a la deriva de un partido que no tiene enemigo y un enemigo –democrático, aclaremos- que se debate entre sus cuitas internas y la inoperancia de quien debería bastarle el desastroso devenir de la economía para bajar al Sherif del pedestal, por más que si se hiciera efectivo el cambio -mucho se malicia Robin de los Bosques- el enemigo democrático se convertiría en un trasunto del mismo Sherif, no fuera que la farándula volviera a la calle con sus pancartas.
En todo caso, Robin Hood no se apea del guindo y encaramado en la copa asegura a los suyos que, mientras Dios le dé fuerzas, no dejará de luchar por la libertad y la justicia. Y los suyos le creen –le creemos- porque consideran que un país mejor es posible, que los padres son los únicos que deben decidir en la educación de los hijos, que nadie tiene derecho a matar a un inocente en el vientre de su madre ni a inducir a una madre al crimen neonatal. Así que Robin Hood, si lees estas líneas, déjame consolarte después de los últimos zarpazos del Sherif, porque podrán arrancar nuestros derechos y los derechos de nuestros hijos, el sagrado derecho a nacer y a morir con dignidad, pero nunca podrán someter la libertad que llevamos dentro.
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