27 feb. 2009

Aseguraba San Josemaría, hace ya setenta y cinco años, que “Estas crisis mundiales son crisis de santos”. Semejante aserto parece que ni pintado para ilustrar lo que está sucediendo en el mundo y, más en concreto, dentro de nuestra vieja España, en donde parece que al grito del “y tú más”, saltan cada día los trapos sucios no sólo de quienes nos gobiernan, sino de quienes deberían velar ese gobierno desde cada uno de los estamentos previstos en un país civilizado. Las noticias que abren los periódicos podrían resumirse en aquel refrán: “Cree el ladrón que todos son de su condición”, ya que hasta el más guapo aparece salpicado por todos y cada uno de los pecados capitales (¿los recuerdan? Soberbia, gula, avaricia, ira, lujuria y pereza).

La crisis, esta crisis que desde hace meses lo empaña todo, no es un problema laboral ni bancario. Es la crisis del hombre postmoderno, la del burgués que confeccionó sus levitas en la Francia luminosa de la guillotina para despedirse definitivamente de la trascendencia; la del otro que sustituyó la moral natural por una pretendida sabiduría relativa; la del que confeccionó un mundo urbano sobre las cenizas de dos guerras, apoyado en un bienestar fofo que necesitaba, para justificarse, una revolución sexual a cualquier precio (¡pobres niños que asesinamos en los quirófanos!) y el finiquito definitivo de la familia.Sin Dios, sin moral, sin familia, la vida se convierte en una carrera ciega hacia el despeñadero. Y quien la corre, disfraza su egoísmo con una educada solidaridad mientras se llena el bolsillo de aquello que no le pertenece, arramblando la estabilidad conyugal y la de los hijos, si fuera menester. Este es, en suma, el penoso retrato de un desastre.

Pero si la crisis es consecuencia de la falta de santidad, es decir, de la ausencia de hombres y mujeres cabales, dispuestos a luchar por ser mejores y hacer un mundo mejor, tal vez tengamos que prestar menos atención a las medidas gubernamentales, mundiales incluso, y empezar a examinar cómo está el patio. El nuestro, quiero decir. El mío y el tuyo, querido lector. Y una vez lo ordenemos y limpiemos, salir a la calle para comunicar la urgencia por recuperar al hombre auténtico, no esta caricatura lastimera que parece vivir su ocaso.
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