20 mar. 2009

Aunque suene a tópico, con el corazón en la mano les aseguro que de mi joven carrera literaria lo mejor, sin duda, son los lectores que me voy encontrando por los caminos de mis conferencias, de las presentaciones, de los emails y cartas que recibo. Después de treinta y ocho años conviviendo con mis limitaciones, no puedo dejar de agradecer el cariño con el que comentan estos artículos y las novelas que jalonan mis peripecias literarias.

Ángel puede que sea mi lector preferido. Tiene catorce años y le encanta viajar con mis libros a todos esos rincones del mundo en los que se desenvuelven mis personajes y que él, por circunstancias, no podrá conocer. Descubrir a Ángel ha sido uno de los mejores regalos que he recibido. Hace unos días vino a verme en su silla eléctrica, con una sonrisa capaz de apaciguar cualquier tristeza. Estaba tan alegre que le bailaba el cuerpo como si dentro del corazón portara una colección de cascabeles. Y pulsaba, con paciencia y disciplina, un teclado con el que convierte sus pensamientos en palabras.Sus padres dicen que Ángel es un trozo de cielo en casa, un ángel sin alas. Aseguran que atesora un cariño limpio y desprendido, desbordante, como un soplo divino. Cuando su padre lo toma en brazos para sentarlo en la trona en la que come, para ponerle al mando de la silla de ruedas, para ducharle o llevarle a la cama, se le antoja que lleva al mismo Jesús en andas (tal vez un Jesús adolescente; tal vez un Jesús herido). Entonces, el brazo del chico le aprieta el cuello y su cuerpecillo –Ángel es liviano como una pluma que se hubiese desprendido de un ala celeste- se junta fuerte al suyo y los labios, pegados a su mejilla, encadenan una fiesta de besos, como si el mismo Jesús besara a ese padre –a esa madre- que tanto han llorado y con cada beso Ángel agradeciera el don de la vida, el don de la familia, de que le quieran como quiere él, sin condiciones.

Dice el padre de Ángel que cuando lo ve tendido en la cama, con la pierna derecha encogida por razones que tienen que ver con la parálisis cerebral, con los brazos abiertos como si se sujetaran en una cruz invisible, se le antoja que Cristo se apropia del cuerpo y de la voz muda de su hijo, que parece decirle: “qué bien estoy aquí, amarrado al dolor por ti, por mamá, por mi hermano, por todos los hombres…, especialmente por aquellos que no quieren a los niños como yo. ¡Qué cielo grande nos espera!”

Ángel me envía sus relatos de vez en vez. Imagino el esfuerzo que pone para pulsar cada letra en su teclado, y en cada letra soy yo el que posa un beso, Angelito, porque la enfermedad ha hecho en ti el milagro de que disfrutes de todo: los veranos, un perro imaginario, los amigos, el deporte… Eres el lector que prefiero, aquel por el que merece la pena sentarse cada día frente al ordenador pensando que tus ojos curiosos llegarán a leerme.
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