3 abr. 2009

No me gustan los artículos que polemizan sobre las personas y sus declaraciones, porque parecen justificar el debate cuando éste ya se ha convertido en una suerte de pelea. Sin embargo, lo que está sucediendo con Benedicto XVI en las últimas semanas merece una excepción. En este caso, lo de menos es el origen de la polémica, aquella pregunta en el encuentro que el Papa concedió a los periodistas en el avión que le llevaba a su peregrinar por Camerún y Angola. La visita apostólica a África, origen y destino de la pandemia del Sida, a fuerza tenía que conducir a un nuevo esfuerzo didáctico por parte de la Iglesia sobre la moral sexual y el trato misericordioso a los enfermos. Sin embargo, en Occidente nos quedamos, una vez más, con la simplificación de la lluvia de preservativos. Ese es el papel que hemos decidido representar: limpiarnos las manos después de entregar a cada africano su condón correspondiente. Eso sí, nada de retrovirales, de hospitales en los que se les pueda prestar una atención digna, de educación en los métodos de prevención de la enfermedad: el famoso plan de abstinencia, fidelidad y uso del preservativo para quien quiera asumir riesgos. En todo caso, Benedicto XVI respondió con la dialéctica que le caracteriza, diáfana a la hora de explicar cada paso de su ministerio, convencido de que este mundo que se aleja de Dios precisa razones y más razones que iluminen su ceguera.
Quien se haya tomado la molestia de leer la pregunta del periodista y la respuesta completa del Sumo Pontífice, estará sorprendido; pocas veces un mensaje ha sido tan intencionadamente maltratado y reducido. A Benedicto XVI, como a todo buen cristiano, le quitan el sueño los enfermos de Sida de todos los continentes, especialmente los de África, por sufrir una muerte segura cuando -en casi el resto del planeta- la infección se ha convertido en un mal crónico, no mortal de necesidad. Le quitan el sueño los huérfanos que deja la desgracia y, muy especialmente, las mujeres y los niños que soportan una agonía no buscada. De hecho, consoló a muchos de ellos. Lo del preservativo, estoy convencido, para el Papa sería anecdótico si la frivolidad en su propaganda, distribución y uso no fuese un canal de expansión de las infecciones, tal y como ha reconocido el profesor Edwar Green, de la Universidad de Harvard.
Qué fácil argumentar desde el cómodo salón de casa y rasgarse las vestiduras con escándalo farisaico. Qué fácil ensañarse con un hombre que -a una edad en la que sólo debería despertar admiración por la responsabilidad que ha asumido- viaja por los caminos del mundo para llevar consuelo y esperanza, para confirmar a los que, en nombre de Jesús, atienden a esos moribundos sin pedir nada a cambio.
No sé si el Papa necesita una mejor política de comunicación. En todo caso le sobra la inquina de quienes pretenden hacer de él chivo expiatorio de sus programas de televisión o de sus dominicales de polémica asegurada. Tal vez le falte mi oración, mi empeño en ser con él una sola cosa, también para recibir, como él, los palos de quienes ven el mundo a través del diámetro de un estúpido condón.
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