31 jul. 2009

El Museo de El Prado le dedica a Joaquín Sorolla, el pintor de la luz, la mejor retrospectiva que nunca había tenido el artista valenciano. Así lo atestiguan las riadas de visitantes, que terminan el recorrido con tres ideas claras: la primera, que Sorolla fue un genio, superdotado para el dibujo rápido y para la resolución del color; la segunda, que Sorolla vivió por y para los suyos, especialmente para sus tres hijos; la tercera, que Sorolla fue protagonista de una intensísima historia de amor con su esposa, hasta el final de sus días.

Las personas tocadas por un don clarividente suelen verse rodeadas por la lisonja y el compadreo, hasta que la adulación les hace perder la noción del auténtico valor de las cosas, lo que en muchas ocasiones les lleva a repudiar a aquellos que de verdad les quieren a cambio de la oportunidad que ofrecen los pelotas. Por este motivo, casi todos los genios terminan por hacer la vida insoportable a los suyos, hundiendo a los hijos en un sumidero de complejos y sentimientos de culpa, y abandonando a sus maridos o esposas por un juego de picaflor, de amante en amante.Por lo que la exposición muestra y por la propia biografía de don Joaquín, Sorolla desarrolló su genio de otra manera. Convirtió a Clotilde en su musa, en su referente, en su compañera para todos y cada uno de sus viajes (y mira que fue un pintor viajero…), en su modelo (incluso en el modelo anónimo de sus desnudos), en su confidente, en su administradora… Hizo de su vida junto a Clotilde el argumento de su desarrollo artístico. “Clotilde de negro”, “Madre”, “Clotilde en los jardines de La Granja”, “Clotilde en las rocas de Jávea”… Clotilde, Clotilde, Clotilde… Y para Clotilde todos y cada uno de sus autorretratos, dedicados con un seductor “A mi Clotilde de su Joaquín”, que podrían dar pie a una preciosa novela de amor.

Sin pretenderlo, el Museo de El Prado se ha convertido en una escuela de familia. El maestro es un hombre que ama a su mujer y se lo dice con el trazo de sus pinceles y con los temas que selecciona para sus lienzos. Y el visitante es capaz de imaginárselos, tomados de la mano, con una complicidad que no deteriora el paso del tiempo ni el hielo de la muerte.
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