24 jul. 2009

Estaba convencido de que las épocas de crisis agudizan el ingenio. Incluso, visto el suceso de hace unos días en el estadio Santiago Bernabeu, decidí darme un margen de paciencia al pensar que el calor, en ocasiones, hace estragos sobre la masa gris del ciudadano medio. Pero el paso del tiempo apuntala la estupidez de esta hora en la que vivimos, en la que mucha gente prefiere entregarse a la parafernalia hueca de los ídolos de barro antes de exigir a quienes tienen la obligación de liderar este mundo necesitado de cordura.

Ya no se trata de los fríos datos de la economía nacional ni del reparto de mercachifles del dinero para las autonomías, sino de la experiencia propia y de la de nuestros allegados: quien más quien menos siente la punzada del desempleo, el final de las prestaciones sociales, la llegada de esa nube que se cierne sobre el cielo de septiembre, la inseguridad de nuestros enclenques depósitos bancarios… ¿Cómo es posible que, en estas circunstancias, haya ochenta mil tipos dispuestos a reventar los graderíos de un estadio de fútbol para aclamar al mesías del balón, un joven al que le encantan los automóviles muy caros, un sujeto al que algunos conocen más por sus aventuras de alcoba que por sus éxitos deportivos? Ochenta mil sujetos que se rompen las manos a aplaudir a quien viene a ganar un dineral a todas luces desproporcionado y, por ende, injusto, mientras al país se le marcan las costillas como a los náufragos de los chistes.Por si fuera poco, nos distraemos con otro estrambote, esta vez norteamericano, Michael Jakson. Qué bien lo contaba Carlos Esteban en esta misma página de ALBA: todos nos sentimos allegados a Jacko gracias a una propaganda que convirtió su funeral en un festival a mayor gloria de las discográficas, con llanto de niña al final incluido, para que los telespectadores no nos quedáramos sin nuestra ración de tragicomedia.

Tenía la sensación de que las crisis agudizan el ingenio, pero ya en el crack de los años veinte los ciudadanos crearon sus iconos para disfrazar las dificultades. Aseguran que tras la muerte de Rodolfo Valentino, aquel galán sin voz y de ademanes femeninos, hubo una riada de suicidios. No por la banca rota sino por la ausencia del actor. Ya sólo nos falta que se nos muera la patita Daisy. ¡Sería el acabose!
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