9 jul. 2009

El mes de julio tiene mucho de repecho agotador. Uno mira la cuenta de resultados y percibe que el curso ya está vencido, aunque lo único que acumules sean números rojos que suben el diapasón de su tonalidad después del paso de Hacienda y con este calor que cae a plomo para derretir la Península. Tenemos crisis, es cierto, una crisis que lo enfanga todo a pesar de los temporeros de junio. Pero igual de cierto es que ha llegado el verano y que necesitamos vacaciones. Al menos usted y yo. Y más nuestros hijos, que se remueven como lagartijas en los escasos metros del piso, anhelando el pueblo de los abuelos o esa playa dorada de sus recuerdos más felices.

Y es que hay algo que no funciona en la sociedad en la que hemos caído y por la que nos movemos como con inercia estúpida: maridos y mujeres nos batimos el cobre por encontrar y mantener nuestro puesto de trabajo, por completar el sueño profesional que nos trazamos en los años universitarios. Lógico, aunque no sea tan lógico que, mientras tanto, los niños nos demanden más tiempo, sobre todo en estas semanas adormecidas en las que ya no hay colegio pero las vacaciones familiares siguen pareciendo una meta lejana. El bochorno, que recalienta las molleras, les empuja a pelearse, a zascandilear por las habitaciones, a considerar que resulta mucho más provechosa la monotonía de las clases que el abandono obligado en el hogar, donde los nombres de papá y mamá resbalan por el eco de las paredes.Me he puesto demasiado trágico, soy consciente, pero este mes de julio de tráfico denso –hay que ver la de obras que se inventan en Madrid para hacernos la vida imposible-, de paga doble, de jornada intensiva, de piscina repleta de cloro abrasivo me ayuda a considerar que no es esta la mejor época para vivir en familia porque el progreso tecnológico no ha tenido en cuenta las necesidades vitales del ser humano, que se debate en un vacuo correr hacia no se sabe bien qué meta profesional o crematística, mientras arrincona lo auténtico, lo único de verdad importante.

En ocasiones me entra un temor sutil porque no quiero que la vida me sorprenda con el paso cambiado, con el zurrón repleto de necedades urgentes, pero vacío de lo importante. No quiero ver a mis hijos como un obstáculo, una molestia que los colegios nos meten en casa con la llegada del estío. No quiero convencerme de que nuestro mundo es una suerte de maquinaria mortal en el que hombres y mujeres fabricamos la vida para después entregarla a manos extrañas con el propósito de que no nos impida cumplir nuestra misión. Así que tomo aire para superar este último repecho, la cima de julio, con la esperanza de recuperar en agosto las horas perdidas.
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