4 sept. 2009

No me gustan los comienzos de curso porque descubro que todo está por hacer. De alguna manera, me encuentro delante de varias madejas de lana enredadas, de las que hay que ir tirando hasta ovillarlas por separado; trabajo de chinos. Sin embargo, la promesa de que en unos meses empezaré a contemplar los resultados me ayuda a tomar aire y comenzar, poco a poco, a desanudar semejante caos de promesas.

Ante el panorama que nos rodea, sin embargo, es necesario empezar con brío, continuar con brío y finalizar la tarea con el brío renovado. Y no me refiero sólo a la crisis económica, una eventualidad de la que saldremos más o menos mal parados. Pienso en el inquietante panorama social de Occidente, en nuestro reventón de bienestar individualista, en nuestro miedo a los compromisos, a consumir la vida construyendo una obra visible y de provecho común en vez de escarbar hacia adentro para enterrar los talentos de oro, plata, bronce o cobre que hemos recibido sin mérito alguno.Urge desafiar al mundo con la visibilidad de nuestros trabajos. En este sentido, el matrimonio y la familia son un trabajo principalísimo que da mucha luz a la vieja Europa. Como la honradez laboral es otro trabajo que conviene no esconder. Y la lealtad en la amistad o la alegría a pesar de los contratiempos.

Como pueden ver, considero mucho más interesante lucir en público una vida de bien que un automóvil de lujo. Dentro de una carrocería de muchos quilates podemos encontrar un conductor honrado o miserable. Sin embargo, en el empeño por vivir una vida auténtica sólo puede caber una buena persona.

Muchos objetarán que la bondad no tiene réditos. Que no hay subvenciones para la gente honrada, dividendos ni primas. Pero no es cierto. Hace un par de días me corté el pelo en una vieja barbería y me sorprendió la amargura que supuraba el peluquero, un hombre que ve el mundo desde la cara amarga: todos los que le rodean son enemigos a los que no merece la pena brindar una sola oportunidad de redención. Se jactaba de tener la cartera bien llena gracias a no recuerdo qué herencia familiar, de no necesitar pedir nada a nadie. Sin embargo, su vida no despertaba ningún afecto y, mucho menos, ganas de imitarla. Puede que aquel cortaflequillos no entienda que es mucho más satisfactoria una cartera estrecha que nos obligue a necesitar constantemente del favor de los demás. Porque pedir, frente a la creencia popular, no es un desdoro sino una oportunidad de estrechar lazos con los que nos rodean. Al igual que dar no debería ser una carga sino la ocasión de alimentar nuestra felicidad.
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