4 sept. 2009

En casa nos recibe un olor a calor dormido, la penumbra de las persianas bajadas para que el sol de agosto no se comiera los muebles y el cúmulo de los últimos recibos: la luz, el agua, el gas…, que vienen a recordarnos el continuo caer de las monedas de nuestra cuenta corriente mientras disfrutábamos del descanso, a muchos kilómetros de la ciudad. Nos habíamos olvidado de quienes emiten esas facturas constantes y dolorosas, mas sus emisores no se habían olvidado de nosotros, como lo prueba el fajo de sobres americanos en los que se distingue con claridad nuestro nombre y la cifra total que han pasado por el banco. No cabe duda: hemos regresado.

Volver a la rutina después del tiempo estival me provoca un vacío en el estómago durante un par de semanas. Aunque lo intento, no me encuentro a gusto en los lugares propios de mi vida habitual, de mi trabajo. Añoro las vacaciones, el jaleo de los niños en su anarquía de agosto, la futilidad del reloj, el olvido del jefe -que parece haberse quedado a millones de kilómetros-, la luz del sesteo que acompaña las sobremesas, la compañía de la naturaleza ajena a estos humos y a estos ruidos, los paseos con el perro...Pero no podemos detener la noria del tiempo, que gira impasible e implacable. Comienza la carrera por ponerse al día: llenar la nevera, revisar el correo electrónico, que estalla de mensajes en la bandeja de entrada, comprar el uniforme de los colegios, forrar los libros de texto…

A mis hijos también los adivino añorantes, a pesar de su sempiterna capacidad para adaptarse a lo nuevo. No se me ha olvidado que de niño los veranos transcurrían a paso de tortuga, de tal forma que la vuelta a casa era un redescubrimiento de rincones que habíamos olvidado y de los que, de pronto, captábamos su verdadera dimensión, sus objetos y colores, antes de que se desdibujaran bajo el peso de los meses. Por eso les veo inspeccionar su cajón de juguetes con la mirada chisposa de quien aguarda alguna sorpresa, un muñeco, una peonza a la que aún se le puede sacar partido, un viejo diábolo que lanzar al cielo…

Acoquinado me dirijo a la oficina, con el pálpito de los meses que me aguardan frente al ordenador y bajo la luz blanca del flexo. Allí también hay una montaña de cartas, un volquete de mensajes en la bandeja de entrada y un sinfín de compañeros que intercambian apretones de manos, abrazos y besos, como si les alegrara un reencuentro que abre el diapasón de las semanas y los meses lejos de aquel paisaje en el que nos sentimos tan reconfortados.

Volver, para mí, tiene algo de heroísmo. De superar mi querencia al descanso. De recibir con el mayor agrado posible –aunque sea forzado- la necesidad de ordenar las tareas que promete el nuevo curso. Me mentalizo buscando un consuelo, como el de que llegarán nuevas vacaciones, otros veranos e, incluso, una plácida jubilación que, por mi edad, se torna muy lejana.

Entonces, al anochecer, llego a casa y contemplo a mis hijos, felices con los uniformes nuevos y con sus libros lustrosos, plenos de conocimientos. Mi mujer me guiña un ojo, consciente de lo mucho que me cuesta el regreso, y me empuja para que me una a la algarabía familiar. Celebramos que estamos juntos después de haber disfrutado de un maravilloso verano. Entonces, junto a ellos, descubro que volver siempre merece la pena.
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