30 oct. 2009

“Denme una página en blanco y una pluma, que les escribo un cuento”. Tal vez fuera un buen lema para el escudo nobiliario de Roald Dahl, el narrador británico que tanto éxito llegó a disfrutar en vida gracias a las adaptaciones de muchas de sus novelas juveniles al cine. La más famosa, “Charlie y la fábrica de chocolate”. Pero yo me quedo con sus cuentos para adultos, con sus relatos cortos dirigidos a un público distinto al que arracimaba frente a sus libros de lomos de colores, esos niños y niñas a los que tan fácil resulta contentar.

Dahl le sabe poner prosa a la vida corriente en la que usted y yo nos movemos, al ir y venir por los meridianos de la existencia, para después dar un giro y dejar al lector con la boca abierta. Y aunque murió en 1990, no me cabe duda de que aún se pasea por las calles de Londres, por las granjas del Sur de la magnífica isla, en busca de algo que merezca la pena ser contado. El aliciente puede aparentar menudencia: una tienda de sombreros, por ejemplo, se convierte, por arte de magia, en el mejor escenario para el desarrollo de una trama en la que el lector se hace partícipe, uno más, al tiempo que acaricia el tacto del fieltro o del raso con el que se cubren las badanas de cuero. Y desde la descripción suculenta, en la que uno termina por respirar hebras textiles, Roald Dahl nos descubre el requiebro de esas personalidades que muestran mesura y buena ciudadanía y que, sin embargo, esconden a asesinos, vengadores, timadores y toda suerte de sinvergüenzas, con un humor fino que nos hace sentir por su galería de personajes una piedad sincera y hasta cercanía. Al fin y al cabo, debe resultar difícil sobrevivir en una sociedad de tantas reglas y apariencias sin verter un poco de cianuro en la taza de té del de al lado.La colección de relatos del maestro británico me hace pensar que nuestra vida es una suerte de relato corto. En efecto, por más que tratemos de estirar nuestras experiencias, lo normal es que usted y yo no demos más que para una novelita de veinte páginas. Y, sin embargo, cuántas agradabilísimas sorpresas caben en apenas un pliego, sobre todo si ponemos el empeño en convertirlo en una obra maestra del entretenimiento, poblada de humanidad.

No les incito a desdoblarse como los personajes de Dahl, casi todos merecedores de un tratado psiquiátrico, sino de despedirse cada día de la gris monotonía, convencidos de que por la noche habremos ilustrado la jornada con cientos de tonalidades.
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