24 dic. 2009

Mi madre coleccionaba Nacimientos, belenes de distintos lugares de mundo que dormían el sueño de los justos durante once meses para lucirse, apenas, tres semanas de diciembre y una de enero. Los había de todos los materiales: un Misterio precioso de cristal, otro de barro, una multitud de miga de pan, hasta de caña de bambú y de vil plástico en figuras seriadas. Llego a contagiarme aquel interés por la representación de los sucesos acontecidos en la pequeña aldea de Judea, especialmente por los modos populares con los que cada rincón del mundo ha aprehendido los pasajes de los Evangelios -según Marcos y Lucas- que narran los primeros pasos de Dios hecho hombre. Reconozco que cuanto más ingenua es la recreación de los personajes bíblicos, más simpatía me despiertan, tal vez porque para entender la Navidad es necesario dejar de lado la gravedad con la que ceñimos nuestra vida de adultos al tiempo que recuperamos el candor infantil, capaz de no pedir razones al Cielo sobre su manera de hacer las cosas, de salvarnos.

Quisiera tener un Nacimiento fabricado con la destreza de los gauchos. La inmensa soledad de la pampa, seguro que obliga a entender los sucesos que revivimos durante estas fechas con una singularidad incomparable. Puede que trencen las figuritas con las hojas secas de los juncos, o que las modelen en barro para después vestirlas de bombachas, polleritas y ponchos. Puede que las labren en la madera de los árboles viejos a corte de navaja… De niño me deleitaba un villancico que cantaba el niño Marito a la guitarra de Jorge Cafrune. Con su voz de ángel anunciaba la alegría que henchía la tierra, ajena al destino de cruz que aquel Niño llevaba grabado a fuego. El final ineludible para el que venía a la tierra confortaba, de alguna manera, a los habitantes del ranchito pobre del cantor.

Sucumbo ante la colección de Nacimientos de mi madre y ante la seguridad de que Jesús nació para todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares. Sucumbo ante la pueril necesidad de reconocernos en Belén (con nuestros zurrones, vestidos de oficina o con un caliente poncho de alpaca), arrodillados ante el pesebre.
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