22 ene. 2010

Escucho de fondo “Hallelujah”, de Leonard Cohen, la canción religiosa de un hombre atosigado por las dudas, interpretada por el coro de la Fundación PRODEAN (por favor, no dejen de buscarlo en internet y disfrutarlo), unas voces casi celestiales que saben exprimirle toda la belleza a los versos davídicos del judío canadiense, hasta convertirlos en un himno al hermanamiento de los hombres.

Lo escucho y lo vuelvo a escuchar, pretendiendo que sea la banda sonora de estos días en los que en Puerto Príncipe, la capital de un país del que lo desconocía casi todo, se corta el silencio de la muerte y saltan las chispas de las sierras que desgajan hierro, piedra y madera con la intención de rescatar a alguien de entre los cascotes o evitar que el aire se corrompa con la podredumbre de los gusanos.“Aleluya”, proclama Cohen y mejoran esas voces angelicales para recordarnos que el dolor, qué extraño, consigue lo mejor del ser humano, entre otras cosas que olvidemos las rencillas para unirnos en una operación mundial de salvamento que no sólo es necesaria para quienes lo han perdido todo, sino para quienes lo tenemos todo y, sin embargo, gastamos los días buscando nuevas formas de agraviarnos, de separarnos, de diferenciarnos, de juzgarnos y condenarnos a la mezquindad de las penas terrenas.

En Haití se ha renovado el grito de los esclavos abandonados a su suerte en un mojón sobre el mar. Son los negros que llegaron a América, una mezcolanza de pueblos africanos que cantan su propio “Aleluya” mientras cortan la caña de azúcar a pesar de las mordeduras de las serpientes, de la fragilidad de su futuro, de la avaricia de quienes dominan el negocio más dulce.

Los vemos desde casa. La televisión nos los muestra por las cunetas como si fueran un macabro adorno de sus caminos sin asfaltar, ocultos por sábanas sucias. Se han convertido en un nuevo entretenimiento, en un reallity-show lacerante, en un Gran Hermano auténtico en el que revienta la poquedad del ser humano. Que no deje de sonar la música. Que el hermanamiento no se acabe. “Aleluya”.
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